lunes, 31 de diciembre de 2018

Colectivos de Buenos Aires

Me parecieron los autobuses (colectivos, les llaman ahí) de Buenos Aires un híbrido entre los que había antiguamente por aquí (su forma exterior, por ejemplo) y lo que caracteriza en general a los de otros países americanos (sus colores y decoración exterior).
En general viejos, ya muy trotados, ruidosos, no aptos para gente con minusvalías físicas, no han dado el salto cualitativo que en los últimos veinte años han dado los europeos. Como se ven de una misma época, modernizarlos en este sentido (para hacerlos planos internamente, más bajos para facilitar el acceso, adaptarlos a combustibles menos dañinos,...) puede suponer una inversión brutal.
Como éramos cuatro, un taxi nos podía resultar económico, pero apenas si los utilizamos, después de las advertencias sobre “falsos taxis” que nos hicieron previamente y, más tarde, por los tremendos atascos que hay en los días laborables de la ciudad, aunque la enorme criáis económica, sarcásticamente, se ve que ha dulcificado el problema. Usamos inicialmente el subte, pero vistas las deficiencias de éste en momentos de congestión (un trayecto desde Palermo, donde dormíamos, hasta el centro acabó con nuestra paciencia) enseguida vimos que era mejor ir en colectivo, aunque más de una vez nos arrepintiéramos. En fin de semana, sin tráfico y con la baja frecuencia de los colectivos, se imponía el taxi.
En los momentos de arrepentimiento, atrapados dentro de alguno, sin poder ver el exterior, nos consolábamos intentando ver la amabilidad de sus pasajeros, siempre dispuestos a ayudarte a dar con tu parada, o mecanismos algo populistas montados, como ese de incitar a los pasajeros a votar a su mejor conductor.




Identificación exterior “customizada”, que se dice.

En este insólito momento se ve el colectivo -con su característico escalón interior- casi vacío porque ya estamos llegando a la Fundación Proa, en Boca.

Tuvimos la extravagante idea de coger (bueno: tomar, que me salió lo primero bastantes veces y en seguida veía la reacción) un colectivo para ir nada menos que desde Boca hasta Palermo, agotados por la jornada. Nos dijimos que así descansaríamos y además era una oportunidad de ver la ciudad. Ésta es una apertura de puertas cuando, reventado, conseguí sentarme y ya dejé de ser un caballero, cuando ya estábamos por Balvanera. Lo explico en la siguiente foto...

No sé por qué, creía que Balvanera era un barrio de casas bajas, poco poblado, estilo el antiguo Poble Nou barcelonés. Previamente habíamos estado en Las Violetas, desengañándome un poco, porque había creído que era una excursión a las afueras de la ciudad. En este trayecto de colectivo, yendo a una velocidad promedio escasísima, con puntas de parada absoluta y breves momentos de unos 70 Km por hora por calles estrechas, momentos en que creías se iba a atropellar a alguien de un momento a otro y no habría salvación para el peatón, por Balvanera llegamos hasta la extenuación, bajándonos lejos de nuestro destino, pero ya no aguantábamos más. Cada vez que se habría una puerta, miraba hacia afuera, a ver si esa apertura aireaba un poco la mente. Pero lo abigarrado de las tiendas del barrio no ayudaba... 
 

domingo, 30 de diciembre de 2018

Café Tortoni (Buenos Aires)


Postals - 266
Autor desconocido.- "Café Tortoni". Hoorn Vintage.
Una postal comprada como recuerdo en el mismo Café Tortoni de Buenos Aires.

 

sábado, 29 de diciembre de 2018

Espacios de memoria en Buenos Aires; Roberto Walsh

Son frecuentes los espacios en memoria de la dictadura argentina con los que te topas yendo por las calles de Buenos Aires. Éste, dedicado a una de sus víctimas, Roberto Walsh, cuelga en una medianera de una de las casas tapiadas, medio en ruinas, que pueblan el barrio de San Telmo.




 

jueves, 27 de diciembre de 2018

Trajes de etiqueta (Madrid)


Lo primero, viendo el letrero, es emocionarse. Te imaginas a un personaje de Azcona yendo ahí para alquilar un traje de etiqueta y con él asistir a los premios del “Certamen poético-literario Don Julio González Pósito”, al que llevó un soneto.
Luego, viendo el Chanel y el Louis Vuitton de los pequeños escaparates, la emoción decae, y solo te queda lo sórdido de entonces, ahora profundamente perfumado.

 

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Librería Ateneo (Buenos Aires)

Quizás, después de tantas fotos de Buenos Aires, llegó el momento de rendir pleitesía a la Librería Ateneo de la calle Santa Fe, en el antiguo teatro Gran Splendid.
Su visión, que duda cabe, provoca una impresión de lo más fuerte. En cuanto a la selección de libros ofertada, no obstante, me parece que me quedo con otras muchas de la ciudad. Mucho best seller y así. Recuerda un tanto, en este sentido, a nuestra Casa del Libro.


En el antiguo escenario, la cafetería.

Ese era el distribuidor del teatro.

Desde un palco lateral.


 

lunes, 24 de diciembre de 2018

Palermo Viejo (Buenos Aires)


Hoy que todo el mundo suele echar mano de frases hechas, acudo a ésta, que me pareció original. Aunque quizás por Palermo Viejo, donde saqué la foto, de original poco.
 

Casa Paco (Madrid)


Pongamos que hablo de Madrid. Nos dirigió a esa precisa esquina mi hija, que conoció Casa Paco cuando vivió en la ciudad un par de años. Tortillas de todo tipo y croquetas son su especialidad. No las tenía todas conmigo y viendo su aspecto, menos, creyendo que lo único que tendría sería que era muy barato y pareciéndome una exageración habernos desplazado hasta ahí expresamente. Para más INRI, sin mesas disponibles, nos colocamos en un par de taburetes de la barra, yo haciéndome el sacrificado por no poder dar un buen respaldo a mi espalda.
Pero probé las croquetas y las tortillas y me gustaron un montón. Y entonces me empecé a fijar en los camareros de la barra, de lo más eficientes, en que conocían a todos sus parroquianos, en que la señora de la esquina, al despedirse, vio que no llevaba suficiente y le dijeron que ya pagaría el próximo día, en que la de mi lado entró como quien va a cumplir un ritual cotidiano: se sentó y sin mediar más que un saludo y un “¡Buf, estoy reventada!”, le sirvieron una tapa y, antes de irse a su casa a comer, se metió en el cuerpo un lingotazo de algo que también le sirvieron automáticamente. Por su parte, un grupo de tres hombres, también claramente habituales del lugar, hablaban de algo del barrio.
Salimos la mar de satisfechos y contentos, tras darnos por comidos en donde todos hacen su aperitivo. A la que se tercie, esperando que siga igual, por ahí me volveré a pasar a la próxima.

 

domingo, 23 de diciembre de 2018

Buenos Aires

Pescamos en Buenos Aires “La noche de los museos”, con un programa cien veces más extenso que lo que se puede encontrar por aquí. Intentamos buscar áreas de la ciudad densas de propuestas, aprovechar la conversión del transporte público en lanzaderas gratuitas hacia todos los museos, escoger sitios que no hubiéramos visto ya y, dentro de lo posible, que no rebosaran de gente.
No atinamos ni mucho menos al completo, además de no poder prever que iba a seguir el diluvio universal que al día siguiente desembocaría en la suspensión del “partido del siglo” entre el Boca y el River. Al final, entramos en sitios inesperados no buscados que encontramos por el camino y huimos raudos de alguno de los seleccionados, ante la agobiante aglomeración de curiosos. Nada nuevo para una de estas celebraciones.

Uno de los inesperados, porque no teníamos intención de ver, pero al que entramos a curiosear al verlo casi vacío fue el Museo Etnográfico, por San Telmo, que resultó muy interesante, con unas exposiciones de las que colgaré alguna foto. Daba un poco de pena ver que allá al fondo, los voluntarios que habían montado un acogedor café, esperaban en vano que alguien afrontase la lluvia para llegar hasta allí.

En la Parroquia de San Ignacio de Loyola, en la Manzana de las Luces, es donde se podía apreciar mejor el impresionante dispositivo de voluntarios montado para la ocasión. Cada uno de ellos (como ésta monja de la foto) había escogido un elemento de la Iglesia (un cuadro, un altar, un crucifijo,...) y se ofrecía a quien tuviera interés a explicarse su historia y significación.

Desde los balcones interiores de la Parroquia de San Ignacio de Loyola, alcanzables subiendo la escalera que lleva al campanario. Dimos con la iglesia, que habíamos sólo husmeando días antes, buscando entrar (¡y gratuitamente!) a curiosear la Manzana de las Luces, cuyo horario nos lo había impedido cuando pasamos un par de semanas antes por ahí. Pero, sin que nadie nos explicara la causa, estaba cerrada la noche de los museos.

Oímos música y nos refugiamos un tiempo del chaparrón ante el pequeño escenario montado frente al Museo de Mineralogia. Yo me quedé fuera, oyendo la música, que me gustó, sobre todo, cuando le daban a las guitarras eléctricas como viejos rockeros. De tanto en tanto, retiraban un poco más hacia dentro alguna pieza electrónica, porque llovía con fuerza. Cuatro gatos, casi todos amigos de los músicos, como espectadores.

Era la oportunidad de echar un vistazo, a ver qué, al Cabildo, edificio histórico de la plaza de Mayo. Fue entrar a la primera sala, quedar bloqueados y costarnos un montón encaminarnos a la salida para escaparnos. Aunque me resistí me arrastraron al otro lado de la plaza, para curiosear la Casa Rosada. Tenía yo razón. Una cola de más de una hora nos hizo desistir. Plano de sitios con propuestas cercana nos llevaron, cruzando al calle, al Banco Nacional, con poca cola. Pero después de cinco minutos sin avanzar, decidimos dejar de esperar bajo la lluvia.

Ya de retiro, la curiosidad nos llevó, entonces sí, a un sitio abarrotado. Estuvimos tentados días antes de ir a su restaurante, que dicen que es bueno. El Museo Eva Perón es más bien kitsch, con alguna imagen -todas con explicaciones grandilocuentes, de telenovela- curiosa. En la sala de mitad recorrido nos instalamos un tiempo para oír unos tangos.
 

viernes, 21 de diciembre de 2018

Delta del Danubio

Recordaba ahora un paseo en barco por el delta del Danubio, en Rumanía. Disfrutando de un luminoso día, todo perfecto inicialmente. Pasado el tiempo, la monotonía te vence. Deseas ya volver, pero no puedes, porque estás en el barco.

Desde el comedor, saliendo de Tulcea, la ciudad en la que se embarca.

Un inusual espacio abierto recorrido tras mucho tiempo por un canal rodeado de árboles.

Zonas con una quietud que transmiten cierto misterio. Estaría muy bien si no se quisiera mantener la tensión hora tras hora (era una excursión de todo el día, para poder alcanzar los espacios más atractivos, como éste).

A partir de un tiempo de recorrer continuamente el canal navegable, cualquier novedad es acogido con alborozo.


Y te distraes, buscando la novedad, con cualquier cosa.
 

Buenos Aires


Pegado en una pared de Buenos Aires, a finales de noviembre. No sé nada del trasfondo del asunto.
 

martes, 18 de diciembre de 2018

36 billares (Buenos Aires)


Otro café de Buenos Aires que echa muy buena pinta, aunque sólo pasamos a una hora en que sus “36 billares” del subterráneo estaban durmiendo, con lo que nos perdimos todo el sabor de tipos y jugadas que se le pueden suponer.







 

Hiperión (Madrid)


Pasando por una calle madrileña céntrica pero no muy transitada, la sorpresa de un encontronazo como éste. Me pareció que tenían un surtido de libros de todas las épocas de la editorial enorme.


 

lunes, 17 de diciembre de 2018

La Biela (Buenos Aires)


En Buenos Aires, en frente de la Iglesia y la puerta de acceso al cementerio de la Recoleta, otro café de esos imprescindibles, de nombre sonoro: La Biela.
Grande, con mucho camarero, justificando vagamente por sus paredes lo automovilístico de su nombre, la historia que llevó a él y la de los famosos parroquianos que le dieron fama se puede leer en su página web (enlace en el primer comentario).
Hicimos allí un desayuno, y nos dio la impresión de que era un sitio bien agradable para tomarlo ahí por costumbre, leyendo el periódico, o para ir a trabajar o escribir algo alguna que otra mañana o tarde. En esa vida que no tenemos.


 

viernes, 14 de diciembre de 2018

La casa de Francesc Vicens, en Fontanilles

La iglesia del siglo XII y la antigua rectoría


Una secuencia de imágenes de hoy mismo, que remiten a una zona hermosa y a una persona difícil, pero personalmente muy estimada, que despareció hace seis meses.

Entrada a la rectoría.

Ya desde el estudio más elevado y soleado, un trozo de su impresionante vista.

Las dos fotos de la pequeña estantería hablan de las amistades del personaje en cuestión.
 

Café Tortoni (Buenos Aires)

Venga, va: entremos en el Tortoni. Se ha de reconocer que están acostumbrados a los curiosos, porque saben que de ahí llegan, en el fondo, sus ingresos, y dejan a unos como nosotros entrar, recorrerlo, observarlo bien y salir tranquilamente, sin ser importunados por ningún camarero ni nadie más, ni para que te ofrezcan una u otra mesa.
Tampoco te vienen a increpar por estar por ahí en medio, aunque sea haciendo -lo más discretamente posible- alguna foto. Se ha de agradecer esa amabilidad, que vimos extendida por todo tipo de sitios de Buenos Aires, sobre todo porque de ser yo un parroquiano que estuviera en una mesa tomando un café con leche me molestaría y despotricaría de esa clase de moscones. Suerte que todos los que llenan el local han llegado, como nosotros, a lo mismo: a ver el Café Tortoni.
Para compensar, y pagar de alguna forma esa amabilidad, en el mini-museo y tienda compramos un pequeño recuerdo, ahora no sé muy bien cuál.










 

Rothesay (Isla de Bute)