Me parecieron los autobuses (colectivos, les llaman ahí) de Buenos Aires un híbrido entre los que había antiguamente por aquí (su forma exterior, por ejemplo) y lo que caracteriza en general a los de otros países americanos (sus colores y decoración exterior).
En general viejos, ya muy trotados, ruidosos, no aptos para gente con minusvalías físicas, no han dado el salto cualitativo que en los últimos veinte años han dado los europeos. Como se ven de una misma época, modernizarlos en este sentido (para hacerlos planos internamente, más bajos para facilitar el acceso, adaptarlos a combustibles menos dañinos,...) puede suponer una inversión brutal.
Como éramos cuatro, un taxi nos podía resultar económico, pero apenas si los utilizamos, después de las advertencias sobre “falsos taxis” que nos hicieron previamente y, más tarde, por los tremendos atascos que hay en los días laborables de la ciudad, aunque la enorme criáis económica, sarcásticamente, se ve que ha dulcificado el problema. Usamos inicialmente el subte, pero vistas las deficiencias de éste en momentos de congestión (un trayecto desde Palermo, donde dormíamos, hasta el centro acabó con nuestra paciencia) enseguida vimos que era mejor ir en colectivo, aunque más de una vez nos arrepintiéramos. En fin de semana, sin tráfico y con la baja frecuencia de los colectivos, se imponía el taxi.
En los momentos de arrepentimiento, atrapados dentro de alguno, sin poder ver el exterior, nos consolábamos intentando ver la amabilidad de sus pasajeros, siempre dispuestos a ayudarte a dar con tu parada, o mecanismos algo populistas montados, como ese de incitar a los pasajeros a votar a su mejor conductor.
Identificación exterior “customizada”, que se dice.
En este insólito momento se ve el colectivo -con su característico escalón interior- casi vacío porque ya estamos llegando a la Fundación Proa, en Boca.
Tuvimos la extravagante idea de coger (bueno: tomar, que me salió lo primero bastantes veces y en seguida veía la reacción) un colectivo para ir nada menos que desde Boca hasta Palermo, agotados por la jornada. Nos dijimos que así descansaríamos y además era una oportunidad de ver la ciudad. Ésta es una apertura de puertas cuando, reventado, conseguí sentarme y ya dejé de ser un caballero, cuando ya estábamos por Balvanera. Lo explico en la siguiente foto...
No sé por qué, creía que Balvanera era un barrio de casas bajas, poco poblado, estilo el antiguo Poble Nou barcelonés. Previamente habíamos estado en Las Violetas, desengañándome un poco, porque había creído que era una excursión a las afueras de la ciudad. En este trayecto de colectivo, yendo a una velocidad promedio escasísima, con puntas de parada absoluta y breves momentos de unos 70 Km por hora por calles estrechas, momentos en que creías se iba a atropellar a alguien de un momento a otro y no habría salvación para el peatón, por Balvanera llegamos hasta la extenuación, bajándonos lejos de nuestro destino, pero ya no aguantábamos más. Cada vez que se habría una puerta, miraba hacia afuera, a ver si esa apertura aireaba un poco la mente. Pero lo abigarrado de las tiendas del barrio no ayudaba...






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