La ermita de la zona agraria previa a la puesta en marcha del polígono y un edificio de su primera fase.
En 1975, en el último año de carrera me apunté a una asignatura optativa: Urbanismo. A su cargo estaba Carles Ponsa, un ingeniero que había trabajado en el Ayuntamiento de Hospitalet, y que después sería decano del Colegio de Ingenieros o que, como responsable del Puerto de Barcelona, lanzaría un proyecto planteando el establecimiento de un tramo de vía estrecha de ferrocarril que llegara hasta la frontera. En pequeño comité nos confesó que era marxista y, como tal, utilizaba el método dialéctico en el seminario. Fue muy divertido, al margen de instructivo. Dedicó el seminario de forma monográfica a Bellvitge, repartiendo papeles entre los diferentes alumnos, de tal forma que cada uno debía hacerse cargo de defender la postura... del personaje más opuesto a su ideología. Así, fue muy curioso ver la pasión, pero a la vez la inocencia, con la que los dos alumnos más fachas asumían en las discusiones el papel del presidente de la Asociación de Vecinos y de un activista de un partido clandestino. O como el más progre del grupo se discutía virulentamente con los anteriores, como propietario de la empresa constructora.
Con ocasión de todos esos trabajos pude conocer relativamente de cerca el plan parcial, la historia del barrio, sus fases constructivas, sus relativas bondades proyectadas (Ponsa siempre decía que a nivel proyecto era muy similar al Barcelona 2, una promoción de lujo en la Diagonal, junto al hotel Princesa Sofía, y que sólo le habían fallado los acabados), sus cambios respecto al proyecto inicial (esas plantas séptima y semisótano pensadas como espacios comunes y acabaron vendiéndose como viviendas), sus equipamientos y zonas verdes en espera... Es curioso pensar que el arquitecto de uno de los primeros planes parciales del proyecto fue Antonio Perpiñá, el diseñador del AZCA madrileño, y del polígono y sus casas Xavier Busquets, el de la sede del Colegio de Arquitectos en la Avenida de la Catedral. Ahora, pasado el tiempo, me ha hecho gracia asistir a la salida de la Sociedad Catalana de Geografía al barrio y ver cómo se ha dado la vuelta a muchos de los déficits iniciales.
La visita la han llevado Sandra Bestraten, arquitecta, y su marido Emilio Hormías, que viven en el barrio y son autores, junto a Manuel Domínguez, de un libro que celebra los 50 años de Bellvitge, e intentan combatir los prejuicios de la gente de Barcelona y L'Hospitalet que siguen desde el origen. La verdad es que se ha constatado un notorio orgullo entre los habitantes de pertenecer a ese barrio, que ahora no sólo consta de las tranquilas -sin tráfico rodado rápido- áreas comunes, sino incluso de un buen parque.
Uno de los espacios peatonales, lleno de actividad, entre casas. Aquí es de 20 metros de ancho, pero los hay también de 30, 40 y hasta 80 metros.
La pareja de que he hablado, dirigiendo la visita. Como se han hecho conocidos, durante el recorrido se han ido aproximando y participando diferentes dirigentes vecinales, habitantes en su día "conflictivos" por haber participado en diversas reivindicaciones dando su opinión.
La entrada al parque de Bellvitge, un logro reciente del barrio.
La fachada orientada al sur de uno de los bloques de la primera fase.
Jordi Borja y Francesc Muñoz, dos de los más destacados estudiosos de urbanismo, en la visita.
Las torres de escaleras y ascensores de los bloques, con el problema de que desembocan en las medias plantas, con lo que siempre se debe recorrer un tramo de escaleras para llegar a la vivienda.
Uno de los bloques comerciales.
El espacio de 80 metros que surgió cuando las protestas vecinales paralizaron la construcción de dos torres. Ajardinado.
Los vecinos querían parque, y les dieron explanada de acera.
Tras la barrera del tren y las pasarelas para cruzar sus vías, Torres del barrio de Gornal.
Delante de otro bloque, el edifico de lo que fue uno de los dos fines del barrio, el Lumiere. Éste y el Marina cerraron en los años 80.





























