domingo, 24 de enero de 2016

Belvitge

La ermita de la zona agraria previa a la puesta en marcha del polígono y un edificio de su primera fase.

En 1975, en el último año de carrera me apunté a una asignatura optativa: Urbanismo. A su cargo estaba Carles Ponsa, un ingeniero que había trabajado en el Ayuntamiento de Hospitalet, y que después sería decano del Colegio de Ingenieros o que, como responsable del Puerto de Barcelona, lanzaría un proyecto planteando el establecimiento de un tramo de vía estrecha de ferrocarril que llegara hasta la frontera. En pequeño comité nos confesó que era marxista y, como tal, utilizaba el método dialéctico en el seminario. Fue muy divertido, al margen de instructivo. Dedicó el seminario de forma monográfica a Bellvitge, repartiendo papeles entre los diferentes alumnos, de tal forma que cada uno debía hacerse cargo de defender la postura... del personaje más opuesto a su ideología. Así, fue muy curioso ver la pasión, pero a la vez la inocencia, con la que los dos alumnos más fachas asumían en las discusiones el papel del presidente de la Asociación de Vecinos y de un activista de un partido clandestino. O como el más progre del grupo se discutía virulentamente con los anteriores, como propietario de la empresa constructora.
Con ocasión de todos esos trabajos pude conocer relativamente de cerca el plan parcial, la historia del barrio, sus fases constructivas, sus relativas bondades proyectadas (Ponsa siempre decía que a nivel proyecto era muy similar al Barcelona 2, una promoción de lujo en la Diagonal, junto al hotel Princesa Sofía, y que sólo le habían fallado los acabados), sus cambios respecto al proyecto inicial (esas plantas séptima y semisótano pensadas como espacios comunes y acabaron vendiéndose como viviendas), sus equipamientos y zonas verdes en espera... Es curioso pensar que el arquitecto de uno de los primeros planes parciales del proyecto fue Antonio Perpiñá, el diseñador del AZCA madrileño, y del polígono y sus casas Xavier Busquets, el de la sede del Colegio de Arquitectos en la Avenida de la Catedral. Ahora, pasado el tiempo, me ha hecho gracia asistir a la salida de la Sociedad Catalana de Geografía al barrio y ver cómo se ha dado la vuelta a muchos de los déficits iniciales.
La visita la han llevado Sandra Bestraten, arquitecta, y su marido Emilio Hormías, que viven en el barrio y son autores, junto a Manuel Domínguez, de un libro que celebra los 50 años de Bellvitge, e intentan combatir los prejuicios de la gente de Barcelona y L'Hospitalet que siguen desde el origen. La verdad es que se ha constatado un notorio orgullo entre los habitantes de pertenecer a ese barrio, que ahora no sólo consta de las tranquilas -sin tráfico rodado rápido- áreas comunes, sino incluso de un buen parque.

Uno de los espacios peatonales, lleno de actividad, entre casas. Aquí es de 20 metros de ancho, pero los hay también de 30, 40 y hasta 80 metros.

La pareja de que he hablado, dirigiendo la visita. Como se han hecho conocidos, durante el recorrido se han ido aproximando y participando diferentes dirigentes vecinales, habitantes en su día "conflictivos" por haber participado en diversas reivindicaciones dando su opinión.

La entrada al parque de Bellvitge, un logro reciente del barrio.

La fachada orientada al sur de uno de los bloques de la primera fase.

Jordi Borja y Francesc Muñoz, dos de los más destacados estudiosos de urbanismo, en la visita.

Las torres de escaleras y ascensores de los bloques, con el problema de que desembocan en las medias plantas, con lo que siempre se debe recorrer un tramo de escaleras para llegar a la vivienda.

Uno de los bloques comerciales.


El espacio de 80 metros que surgió cuando las protestas vecinales paralizaron la construcción de dos torres. Ajardinado.

Los vecinos querían parque, y les dieron explanada de acera.

Tras la barrera del tren y las pasarelas para cruzar sus vías, Torres del barrio de Gornal.

Delante de otro bloque, el edifico de lo que fue uno de los dos fines del barrio, el Lumiere. Éste y el Marina cerraron en los años 80.
 

domingo, 3 de enero de 2016

Inés Rosales (Sevilla)

Pues me parece que siguen siendo sevillanas, pese al aire de multinacional que les da su resplandeciente tienda de la plaza San Fernando de Sevilla, toda una aparición. Poca broma con las tortas de aceite de Inés Rosales. En un Casa Ametller he encontrado como producto navideño unas sin azúcar, que cambian un poco el sabor de "las legítimas", aunque siguen estando buenas, dándote la esperanza de que no engordan tanto, pero resulta que en su tienda sevillana se descubre que las hacen de varios sabores. ¿A qué esperan para importarlas con cualquier otro motivo?
Recuerdo a mi padre iniciándome en los cortadillos de cidra de Inés Rosales, comprando un par en un colmado de la calle Vergara o Pelayo, y vete a saber cuál sería, porque lo que sí estaba en la calle Pelayo era el Forn del Cigne, a cuyas tartas individuales de manzana debo un tardío acercamiento hacia los gustos, hasta entonces nunca comprendidos, de mi padre.
Él explicaba que estaban hechos en Castilleja de la Cuesta, un pueblo de la provincia de Sevilla al que acudía de crío con amigos en bicicleta, y del que enseguida comprendieron porqué tenía este nombre.




 

Librería de Córdoba


A veces me digo que quedan como comercios independientes sobre todo farmacias, porque siguen dando buenos réditos y aún hay ciertas limitaciones a su puesta en marcha, y librerías, porque no se deja a las grandes superficies hacer con ellos dumping para acabar con la competencia y porque siguen habiendo idealistas utópicos que se lanzan, insospechadamente, al monte y abren una.
Ésta Utopía está en Córdoba, por Realejo. Es de esas que deja el cartelito de "abierto" fijo en la puerta, pero como era festivo estaba cerrada.

 

sábado, 2 de enero de 2016

El gusanito lector (Sevilla)


En la calle Feria de Sevilla, una librería independiente...
 

Calle Sierpes de Sevilla

En la calle Sierpes es donde te encuentras gente, me decía por aquí en un comentario una amiga que, como había vivido en Sevilla, no puede ver las cosas de la misma forma que otros catalanes que no lo hayan experimentado.
Cuando por 1979/80 estuve yendo por trabajo a la ciudad, era una calle que no me resultaba agradable. Siempre llena, masiva, intentaba huir de ella, y solo me resultaba curioso el sistema de entoldado para evitar el sol y calor, a base de unas curiosas velas.
En una ocasión posterior fue Teresa la que iba por trabajo a Sevilla y yo acudí el viernes para estar el fin de semana y regresar con ella. Como era poco tiempo, me dije que no llamaría a María, a la que hacía tiempo que no veía, y reencontrarla no era cosa de un momentillo. Pero desplazándonos de un lado a otro, como es una calle difícil de obviar, pasamos por la calle Sierpes, y nos chocamos frontalmente. Vaya la sorpresa. Ella había ido a comprar unos regalos, apoyada en una lista muy específica ya preparada. Quedamos para más tarde y hasta estuvimos en un barco semi vacío amarrado junto a la Torre del Oro en el que un grupo de japoneses más serios que la una daban unas palmas muy extrañas cuando se lo pedían los que los habían dirigido al espectáculo de sevillanas. Fue divertido y estuvo muy bien, pero María aún no me ha perdonado el feo de no haberla llamado. O sea que sí, que corroboro que en la calle Sierpes se encuentra la gente.
Esta vez, haciendo notar que uno cambia, quizás porque todo ha cambiado, me ha gustado la calle. Aunque al ser invierno no había toldos y el sol yendo hacia el sur te cegaba y no te dejaba casi verlos, me han gustado los comercios en los que antes, nervioso por salir de ahí, no deparaba. Alguno de los tradicionales -y pongo una foto para demostrarlo- ha cerrado, pero quedan aún, desde la perspectiva de Barcelona, bastantes. Y otra cosa que diferencia las calles centrales de ambas ciudades: en la calle Sierpes son los locales, y no los turistas, los que la siguen mayoritariamente recorriendo.
¡Ah! En esta ocasión, aunque sólo íbamos a estar un par de noches en la ciudad, avisé previamente a María, y quedé con ella un tiempo, que casi sólo sirvió para actualizar un poco los ficheros respectivos.













 

Rothesay (Isla de Bute)