Venga, va: entremos en el Tortoni. Se ha de reconocer que están acostumbrados a los curiosos, porque saben que de ahí llegan, en el fondo, sus ingresos, y dejan a unos como nosotros entrar, recorrerlo, observarlo bien y salir tranquilamente, sin ser importunados por ningún camarero ni nadie más, ni para que te ofrezcan una u otra mesa.
Tampoco te vienen a increpar por estar por ahí en medio, aunque sea haciendo -lo más discretamente posible- alguna foto. Se ha de agradecer esa amabilidad, que vimos extendida por todo tipo de sitios de Buenos Aires, sobre todo porque de ser yo un parroquiano que estuviera en una mesa tomando un café con leche me molestaría y despotricaría de esa clase de moscones. Suerte que todos los que llenan el local han llegado, como nosotros, a lo mismo: a ver el Café Tortoni.
Para compensar, y pagar de alguna forma esa amabilidad, en el mini-museo y tienda compramos un pequeño recuerdo, ahora no sé muy bien cuál.








No hay comentarios:
Publicar un comentario