Pescamos en Buenos Aires “La noche de los museos”, con un programa cien veces más extenso que lo que se puede encontrar por aquí. Intentamos buscar áreas de la ciudad densas de propuestas, aprovechar la conversión del transporte público en lanzaderas gratuitas hacia todos los museos, escoger sitios que no hubiéramos visto ya y, dentro de lo posible, que no rebosaran de gente.
No atinamos ni mucho menos al completo, además de no poder prever que iba a seguir el diluvio universal que al día siguiente desembocaría en la suspensión del “partido del siglo” entre el Boca y el River. Al final, entramos en sitios inesperados no buscados que encontramos por el camino y huimos raudos de alguno de los seleccionados, ante la agobiante aglomeración de curiosos. Nada nuevo para una de estas celebraciones.
Uno de los inesperados, porque no teníamos intención de ver, pero al que entramos a curiosear al verlo casi vacío fue el Museo Etnográfico, por San Telmo, que resultó muy interesante, con unas exposiciones de las que colgaré alguna foto. Daba un poco de pena ver que allá al fondo, los voluntarios que habían montado un acogedor café, esperaban en vano que alguien afrontase la lluvia para llegar hasta allí.
En la Parroquia de San Ignacio de Loyola, en la Manzana de las Luces, es donde se podía apreciar mejor el impresionante dispositivo de voluntarios montado para la ocasión. Cada uno de ellos (como ésta monja de la foto) había escogido un elemento de la Iglesia (un cuadro, un altar, un crucifijo,...) y se ofrecía a quien tuviera interés a explicarse su historia y significación.
Desde los balcones interiores de la Parroquia de San Ignacio de Loyola, alcanzables subiendo la escalera que lleva al campanario. Dimos con la iglesia, que habíamos sólo husmeando días antes, buscando entrar (¡y gratuitamente!) a curiosear la Manzana de las Luces, cuyo horario nos lo había impedido cuando pasamos un par de semanas antes por ahí. Pero, sin que nadie nos explicara la causa, estaba cerrada la noche de los museos.
Oímos música y nos refugiamos un tiempo del chaparrón ante el pequeño escenario montado frente al Museo de Mineralogia. Yo me quedé fuera, oyendo la música, que me gustó, sobre todo, cuando le daban a las guitarras eléctricas como viejos rockeros. De tanto en tanto, retiraban un poco más hacia dentro alguna pieza electrónica, porque llovía con fuerza. Cuatro gatos, casi todos amigos de los músicos, como espectadores.
Era la oportunidad de echar un vistazo, a ver qué, al Cabildo, edificio histórico de la plaza de Mayo. Fue entrar a la primera sala, quedar bloqueados y costarnos un montón encaminarnos a la salida para escaparnos. Aunque me resistí me arrastraron al otro lado de la plaza, para curiosear la Casa Rosada. Tenía yo razón. Una cola de más de una hora nos hizo desistir. Plano de sitios con propuestas cercana nos llevaron, cruzando al calle, al Banco Nacional, con poca cola. Pero después de cinco minutos sin avanzar, decidimos dejar de esperar bajo la lluvia.
Ya de retiro, la curiosidad nos llevó, entonces sí, a un sitio abarrotado. Estuvimos tentados días antes de ir a su restaurante, que dicen que es bueno. El Museo Eva Perón es más bien kitsch, con alguna imagen -todas con explicaciones grandilocuentes, de telenovela- curiosa. En la sala de mitad recorrido nos instalamos un tiempo para oír unos tangos.






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