Yo lo iba retrasando y al final fuimos el último día al famoso cruce de Shibuya. Mala cosa. Al ser lo más nombrado, icónico, de Tokio, concentra unas enormes masas de gente venidas de todos lados. No lo consiguió, pero casi nos hizo olvidar la serenidad de otros lugares de la ciudad y provocó que ésta bajara en nuestra estima.
Es quizás el único sitio de la ciudad que no se puede decir que esté impecable en cuanto a limpieza. Cerca está lleno de bares y sex-shops y, en
general, al margen de anuncios luminosos y los pasos cebra, predomina la grasa, los jovencitos vestidos de la cosa esa del Okatu, curiosos observándolos, borrachos, locales para comer mal y de otro tipo de mala muerte. La propia plaza me vino a recordar -con la se ve que ineludible estatua al perro de Hachiko- zonas de Barcelona como las actuales Ramblas,llenas de visitantes yendo a conocer lo más típico de la ciudad y viendo… a otros visitantes tan concienciados como ellos.
Zona comercial cercana.
Desde una cafetería, la gente se prepara para inmortalizar para la historia el cruce de calles. Los peatones esperan en sus marcas el cambio de semáforo.
Se prouce el esperado cambio dei semaforo.
Pero, será por la enorme mayoría ser foráneos, será por lo que sea, se acabó el tradicional cumplimiento de los preceptos que suele imperar en el Japón: la gente no respeta los pasos de peatones, y cruza por donde le rota, rompiendo el efecto esperado. Luego volvimos de noche, para ser uno de ellos.
El monumento al perro ese.
Otra zona comercial cercana. Buscando dónde cenar.
El cruce, convertido en una especie de Times Square.
Más que esperar para cruzar, la gente suele esperar que se cruce, cámara en mano.
El cruce se inicia ordenadamente, pero hasta una local empieza a saltarse el paso marcado.
Hasta el caos. Algo inconcebible, si piensas en este país.