Pongamos que hablo de Madrid. Nos dirigió a esa precisa esquina mi hija, que conoció Casa Paco cuando vivió en la ciudad un par de años. Tortillas de todo tipo y croquetas son su especialidad. No las tenía todas conmigo y viendo su aspecto, menos, creyendo que lo único que tendría sería que era muy barato y pareciéndome una exageración habernos desplazado hasta ahí expresamente. Para más INRI, sin mesas disponibles, nos colocamos en un par de taburetes de la barra, yo haciéndome el sacrificado por no poder dar un buen respaldo a mi espalda.
Pero probé las croquetas y las tortillas y me gustaron un montón. Y entonces me empecé a fijar en los camareros de la barra, de lo más eficientes, en que conocían a todos sus parroquianos, en que la señora de la esquina, al despedirse, vio que no llevaba suficiente y le dijeron que ya pagaría el próximo día, en que la de mi lado entró como quien va a cumplir un ritual cotidiano: se sentó y sin mediar más que un saludo y un “¡Buf, estoy reventada!”, le sirvieron una tapa y, antes de irse a su casa a comer, se metió en el cuerpo un lingotazo de algo que también le sirvieron automáticamente. Por su parte, un grupo de tres hombres, también claramente habituales del lugar, hablaban de algo del barrio.
Salimos la mar de satisfechos y contentos, tras darnos por comidos en donde todos hacen su aperitivo. A la que se tercie, esperando que siga igual, por ahí me volveré a pasar a la próxima.

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