Pensé que el orden y la serenidad volvería recorriendo la colección permanente del Reina Sofía, pero no fue así. Recorrí sus salas en un lunes, intentando acabar antes de las 18h, para evitar encontrarme con mucha gente, porque a partir de esa hora es gratuito. Tampoco lo logré: Llegada la hora, vi venir un tumulto en dirección contraria por el corredor que iniciaba.
El trayecto, que intentaba hacer lineal y de arriba a abajo, me resultó imposible, porque no sé por qué razón
alguna exposición anunciada permanecía cerrada. Además, al poco de empezar quise ir al lavabo, y más tarde, ya tranquilo en ese sentido, quise escapar de la gentada. El acceso al lavabo de la planta en que me encontraba estaba cerrado y a partir de entonces todo fue mal. Trayectos entre pisos realizados en ascensor me dejaban en tierra desconocida, no sabia en medio de qué sección y hacía qué lado complementarla. Eso, para alguien como yo que intenta mantener siempre presente la orientación y rumbo prefijado, es terrible.
Comprobé, eso sí, que la nueva ordenación comporta reunir en un mismo espacio diferentes aproximaciones a lo tratado. Libros, carteles, fotografía e incluso cine dialogan con dibujos y pinturas, que eran inicialmente casi lo único mostrado.
Mareado como una sopa después de las horas transcurridas ahí dentro, con ganas de acabar pero no saltarme algo atractivo, recorrí algún apartado parcialmente en sus dos sentidos, con cortinas y oscuridades que de ninguna forma permitían la mirada superficial que ya finalmente buscaba.
Resumen: que se debe planificar muy bien lo que se quiere ver, asegurarse que es lo que realmente quiere verse y atenerse a ello.
Fotografié alguna que otra obra, normalmente de aquellas que, por familiares, me resultaron luminosas y me ofrecieron la serenidad buscada.










Me sorprendió ver este cartel de la presentación de “La Comune” en Cinema du Peuple. Hace poco hicimos referencia al mismo en una exposición sobre cineclubismo, porque resulta ser de 1914 y, como tal, de la por el momento más antigua sesión de cine-club documentada. Pero lo que me dejó sorprendido es -lo desconocía-que la película es de Armand Guerra, seudónimo de un cineasta anarquista valenciano. Evidentemente estaba ahí por decisión clara del director del Reina Sofía, también valenciano.
Marcas de óxido que dejan las obras de Richard Serra en el mármol del pavimento.