Una muy primitiva Afrodita, con una cabeza bastante fálica.
En mi ignorancia, tenía al Neolítico, y luego a la Edad de Bronce, como dos más que lejanos periodos de la humanidad en las que la gente -hay que decir que bastante bruta- se dedicaba (en el primero) a pulimentar piedras para construir con ellas hachas de mano y a hacer (en el segundo) diminutas puntas de flecha.
Partiendo de esta idea, ratificada con la visión del contenido de unos cuantos museos locales, no me duelen prendas explicar que me suelo saltar con suma alegría, con ese afán continuo de ahorrar fatigas, las primeras salas de los museos de arqueología, pasando directamente a donde hay chicha, buscando las estatuillas griegas o romanas.
Se entenderá entonces la caída del caballo que me ha representado visitar el Museo Arqueológico de Nicosia, cuyas salas de exhibición tienen una limpia estructura, alrededor de un patio cuadrado, que obliga a iniciar el recorrido en el principio de los tiempos (unos 10.000 años antes de Cristo) e ir subiendo en el tiempo.
Hicimos a Chipre un viaje colectivo. Pues bien: preguntando a los componentes del grupo qué destacarían entre lo visitado, todos tenían un espacio para este museo y, sobre todo, las piezas de las primeras salas: las figurillas del Neolítico y la elaborada cerámica, repleta de decoración con fantásticos animalillos, elaborada de la Temprana Edad del Bronce a la Mediana Edad de Bronce. Curiosamente, la cerámica griega, quizás por ya demasiado conocida y las piezas posteriores -dónde antes solía iniciarse el gozo-, estando bien, ya no mantenían la admiración de todo lo previo.

Mujer pariendo.
Lamento los reflejos de la vitrina. Le vi una forma de hipopótamo o rinoceronte, pero es curioso la cantidad de figurillas a él aupadas, integradas en su cuerpo.
Los varios cientos de figurillas encontradas por unos arqueólogos suecos en Agia Irene.
Afrodita, femenina por delante...
Y un culo bastante masculino por atrás. Aquí rodeada de un grupo italiano.
Éstas graciosas tablillas no son las originales, sino las que estaban en venta en la tienda. Compramos una de ellas en una tienda de otra ciudad y el dueño y artesano de la pieza se empeñó en darnos un certificado de autenticidad. No entendíamos muy bien si teníamos que declararla en la frontera. Orgulloso, nos dijo que estaba tan bien hecha, que debía deshacer cualquier sospecha de que evadiéramos patrimonio de la isla.