Hemos partido de Es Caló, es decir, una calita, repleta de esas estructuras para proteger las barcas, que se ve se llaman “escaleras”, por la forma de la superficie por la que se deslizan las barcas para sacarlas o meterlas en el agua. Casi todas tienen un techo para protegerlas del sol. Como la ley de costas dictaminaba cargárselas, hubo un movimiento en contra de la decisión, que logró se las nombrase (a todas: están por todos lados) Bien de interés Cultural.
A Es Caló da Can Rafalet, un restaurante de fama con una terraza cubierta de vistas impresionantes, que desgraciadamente hoy estaba cerrado. Montserrat Roig, en Tiempos de Violetas, habla de esta cala y de Can Rafalet.
Hoy tocaba La Mola, en el extremo oriental de la isla, una planicie de unos 30 Km2 a unos 195 metros de altura sobre el nivel del mar.
Hemos partido de Es Caló, es decir, una calita, repleta de esas estructuras para proteger las barcas, que se ve se llaman “escaleras”, por la forma de la superficie por la que se deslizan las barcas para sacarlas o meterlas en el agua (Foto 1). Casi todas tienen un techo para protegerlas del sol. Como la ley de costas dictaminaba cargárselas, hubo un movimiento en contra de la decisión, que logró se las nombrase (a todas: están por todos lados) Bien de interés Cultural.
A Es Caló da Can Rafalet (foto 2), un restaurante de fama con una terraza cubierta de vistas impresionantes, que desgraciadamente hoy estaba cerrado. Montserrat Roig, en Tiempos de Violetas, habla de esta cala y de Can Rafalet.
Hemos subido a La Mola por lo que llaman en Camino Romano (foto 3), un camino empedrado en constante subida. Dicen que hubo en tiempos un camino romano, que con el tiempo utilizaban los agustinos que cultivaban los terrenos de La Mola. A final del siglo XVIII se restauró, quedando más o menos como ahora se ve. Al final de este camino hay una vista espectacular (foto 3), que abarca alrededor del 60% de la superficie de la isla. Como el día no estaba muy claro, no se distinguía apenas más que el instmo rodeado de calas al norte y playas al sur que une La Mola con el resto de la isla, y no había forma de ver bien Ibiza, que suele verse perfectamente.
Arriba, en la planicie de La Mola, hay viñedos (foto 4) y otros cultivos, con parcelas separadas por muros de piedra seca (en el sentido de estar construidos sin usar argamasa alguna) de lo que aquí llaman “pedra morta”, porque no es de origen mineral, sino biológico, el tipo de material que constituye buena parte de la isla y la misma Mola, una especie de dunas de arena (biológica) solidificadas. Se pueden apreciar capas o estratos horizontales, sin presiones laterales, que van alternando la dureza y la fragilidad.
La casa ibicenca (o de Formentera) tradicional sigue viéndose y reformas o edificaciones nuevas la respetan (foto 5), pero población procedente de Mallorca han importado la casa típica de ahí, con tejado a dos aguas. También se ven combinaciones de ambas. Hemos visto varios cubos primigenios a los que se les ha añadido un porque con tejado inclinado, mallorquín.
La foto 6 ofrece una vista hacia el oeste por un sendero de la costa sur de La Mola.
Llegamos finalmente al faro de La Mola, donde he visto los únicos grafitis hasta el momento (foto 7).
Ahí está erigido un monumento a Julio Verne (foto
, que habló de la Mola en una de sus novelas.
Tras ver, de regreso, un bonito desfile de modelos (fotos 8, 9 y 10), llegamos de nuevo a la iglesia del Pilar de la Mola (foto 11) y, de ahí, al hotel, que mañana será otro día.
Hemos subido a La Mola por lo que llaman en Camino Romano, un camino empedrado en constante subida. Dicen que hubo en tiempos un camino romano, que con el tiempo utilizaban los agustinos que cultivaban los terrenos de La Mola. A final del siglo XVIII se restauró, quedando más o menos como ahora se ve. Al final de este camino hay una vista espectacular (foto 3), que abarca alrededor del 60% de la superficie de la isla. Como el día no estaba muy claro, no se distinguía apenas más que el instmo rodeado de calas al norte y playas al sur que une La Mola con el resto de la isla, y no había forma de ver bien Ibiza, que suele verse perfectamente.
Arriba, en la planicie de La Mola, hay viñedos y otros cultivos, con parcelas separadas por muros de piedra seca (en el sentido de estar construidos sin usar argamasa alguna) de lo que aquí llaman “pedra morta”, porque no es de origen mineral, sino biológico, el tipo de material que constituye buena parte de la isla y la misma Mola, una especie de dunas de arena (biológica) solidificadas. Se pueden apreciar capas o estratos horizontales, sin presiones laterales, que van alternando la dureza y la fragilidad
La casa ibicenca (o de Formentera) tradicional sigue viéndose y reformas o edificaciones nuevas la respetan, pero población procedente de Mallorca han importado la casa típica de ahí, con tejado a dos aguas. También se ven combinaciones de ambas. Hemos visto varios cubos primigenios a los que se les ha añadido un porque con tejado inclinado, mallorquín.
Vista hacia el oeste por un sendero de la costa sur de La Mola.
Llegamos finalmente al faro de La Mola, donde he visto los únicos grafitis hasta el momento
Ahí está erigido un monumento a Julio Verne (foto
, que habló de la Mola en una de sus novelas.
Tras ver, de regreso, un bonito desfile de modelos
Tras ver, de regreso, un bonito desfile de modelos
Tras ver, de regreso, un bonito desfile de modelos
Llegamos de nuevo a la iglesia del Pilar de la Mola (foto 11) y, de ahí, al hotel, que mañana será otro día.












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