En enero me vi impelido, pese a mi feroz resistencia, a hacer cola y entrar en masa a ver -puertas abiertas- el interior de Notre Dame, cuya restauración inauguró Macron poco antes en un acto de grandeur pesadísimo, seguido por mucha gente supongo que por aquello de ver que hacía y decía Trump -reciente elegido- y cosas así.
Entramos y al poco, hasta mi acompañante, que fue quien me conminó a echar una ojeada so pena de importantes disgustos si no cedía, quería salir de esa encerrona.
No fue fácil. No se podía retroceder para salir por la puerta principal por la que habíamos entrado, sino que la marabunta, regida por unos agentes del Mosad o similares vestidos de civil, se encaminaba hacia una salida lateral, no sin antes haber recorrido todo su perímetro interior




No hay comentarios:
Publicar un comentario