Para no faltar a la costumbre -era sábado-, en Valencia me topé con una boda. Pero, para variar, no me atreví a llegar hasta a un par de palmos de los novios.
Fue entrando a curiosear la Basílica de San Vicente Ferrer, que tiene, por cierto, un interior sorprendente. No me suelen gustar las obras neogóticas, pero la verdad es que ésta da el pego.
Quizás, de haber sido una iglesia gótica, en vez de neogótica, su temperatura ambiente habría estado unos cuantos grados por debajo.





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