lunes, 10 de octubre de 2016

Colliure

Aunque sea un sábado y esté lleno de gente lanzada a consumir pescado a la parrilla en una de las fórmulas del día hasta llegarte a decir que mejor la próxima vez dejarlo para un día entre semana, Collioure es tu Collioure. Y cada uno de sus rincones es lo que ves y lo que has vivido ahí.

Han llegado al punto de plantar uno de esos hierros en la misma playa para enmarcar el clásico objetivo pintoresco. Pero a ver dónde se encuentra otra iglesia a pie de mar como ésta. Un mar, por cierto, totalmente pacificado pese a la marejada exterior debido a la tramontana.

El farol de la fachada de ese caserón era la única luz nocturna del lugar. A ver si es posible no recordar las bromas juveniles de lecturas declamatorias bajo él, como los paseos costeros -ahora prohibidos- que se iniciaban donde ahora está la japonesa mirando al mar, justo donde tuve que ver cómo el productor de mi única película dirigida me arrancaba la cámara de las manos, para gastar el resto de celuloide saciando su vena creativa registrando cómo las olas rompían con estrépito en unas rocas.

También eso. 

Como, tímido, la hice muy rápido con el empeño imposible de no ser visto, me ha salido movida. Pero valdrá para recoger la idea. Esa barra de Los Templarios, esas mesas de la sala con las paredes repletas de cuadros bastante malos. Les Templiers era el único bar abierto las noches de invierno. Ahí se podía hablar en catalán con sus patrones, que te contaban de ilustres visitantes de otro tiempo, y hasta te llevaban a ver un cuadro suyo. Recuerdo una noche en que, tomando unos vinos, oímos estacionarse delante a las caramellas (para los profanos, después de cantar levantan hasta el balcón una canastilla, para recoger lo que tengan menester depositar en ella), y pasar el resto de la noche yendo con ellos, circulando de balcón a balcón. 
 

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