Siempre que paseo por Figueres, como suele suceder cuando regresas a una ciudad con la que has tenido una cierta relación, me invade un sentimiento agridulce. La mayor parte de lo que se revive son las ausencias: ese sitio o sensación frecuentados que ya no existen se hacen continuamente presentes.
En esta ocasión hemos pasado delante de hasta tres librerías del centro -alguna muy reciente- desaparecidas. Y ese "aquí entrábamos cada vez" se repite por esos y otros lugares, sumado a la imposible recuperación de las sensaciones que piensas podrían experimentar, ya fuera en su momento o bien en un hipotético paseo actual, familiares que tampoco existen ahora.
Salvo un par casi inevitables a alguno de esos cines que poblaban la ciudad, no he hecho fotos a nada de la mayoría del recorrido. Ni a ese rimbombante Casino Menestral con una remodelación interior tan discutible, ni a los banales comercios o estrepitosos vacíos que han sustituido a librerías, cines y restaurantes. Tampoco a la pre-ruina que precede al derribo, a las un día parisinas terrazas de cafés de las Ramblas, ni a un casi milagroso resistente Hotel Durán, empeñado en aparentar que no ha pasado el tiempo.
Un álbum de fotos, me digo, como el que hubiera hecho de ver la ciudad por primera vez.










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