domingo, 5 de julio de 2015

La piscina del Voramar de L'Escala


Hará cosa de un año colgué por aquí una foto de la piscina del Hotel Voramar, para mí una auténtica joya que se debiera preservar, aunque ya debe ser legión la gente que la ve como una desagradable anomalía, a hacer desaparecer cuanto antes.
Con este año transcurrido, la instalación no ha hecho sino deteriorarse, y entre ley de costas y hotel cerrado por vete a saber qué problemas, no queda mucha escapatoria al pesimismo.
El propio hotel, pese a su reforma relativamente reciente, deja apreciar el estilo del conjunto, tan años 60, hijo del rock y los neones de colores. Ya que, se quiera o no, L'Escala se debe ahora económicamente al turismo, puestos a soñar, lo veo abierto, lleno de una clientela feliz y tranquila.
Es de noche. Josep, el camarero más experimentado, cruza la calle ostentado, alzada a la altura de sus hombros, una bandeja redonda en la que se distinguen unas copas, una botella de colorida etiqueta tropical y una cubitera. Alcanza la escalera que se asoma al paseo marítimo y baja a la plataforma que rodea la piscina. Esta última está llena de agua y los focos de su fondo y paredes iluminan la cara de los ocupantes de las ocho o nueve mesas con una ondulante luz azulada. Josep deja el contenido de su bandeja en la mesa de más al extremo y a continuación, sin perder su ritmo, desciende a la playa artificial lateral, donde Johns Ferguson le solicita, para él y su acompañante, otra ronda de daikiris. Efectivamente, las dos copas, depositadas en espigadas estructuras metálicas clavadas en la arena a su vera, estaban ya prácticamente vacías. El sonido del mar rompiendo contra las rocas envuelve la escena.


 

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