miércoles, 17 de julio de 2013

Cal Gambo

Recuerdo la impresión que me produjo ver, en una exposición en el Museu d'História de Catalunya, esta foto de los primeros años del hotel.


En todo el paseo, desde la carretera hasta Sant Martí d’Empúsies, al margen de las ruinas de la Neopolis, no hay más construcción que, en la segunda de las cinco playas, el Hotel Empúries, “Cal Gambo”. Se llamaba así por su peculiar propietario, un hombre auténticamente “tocat per la tramontana”, siguiendo la línea, en sus ocurrencias, de Salvador Dalí. Sus huéspedes sabían que su estancia ahí debía contar en compensación con unas condiciones bastantes espartanas y con lo impredecible que aportase su patrón. En los años de su regencia, el Gambo emprendió la construcción de un edificio adosado, que gozaba del lujo de una ducha en cada habitación, pero la calefacción o el aire acondicionado seguían siendo ahí cosas totalmente desconocidas. Con una posición envidiable, a primera línea de mar, muchos –y conozco a algunos- fueron los que, creyendo haber dado con una mina de oro por explotar, pasaron un fin de semana en el hotel, seguros de convencer al Gambo con una oferta de compra indeclinable, pero todos ellos se fueron desconcertados, con el rabo entre las piernas, después de una vistosa faena taurina que el Gambo había ejecutado, con ellos como reses. Muerto el Gambo, se vendió finalmente el hotel, y ahora hay ahí un sofisticado hotel balneario que presume de eco-sostenible, o algún palabro parecido. Será muy ecológico, pero el caso es que yo he visto multiplicar su superficie construida por cinco, invadiendo lo que antes eran sus lavaderos… y terreno que creía totalmente protegido, de dunas con vegetación de pinos y sotobosque para fijarlas.

A la izquierda, la (ya antigua) ampliación.

Pequeña parte de la nueva construcción, entre la vegetación de las dunas. Lo que más me revienta es un edificio con una vidriera delantera, que deja ver a los esforzados clientes intentando dominar a una bicicleta estática, o algún otro artilugio de este tipo de peculiar culto al cuerpo.

Aquí, a la sombra de estos tres pinos (uno de ellos ya difunto) aparcaba mi padre en los primeros 60 el coche, del que sacábamos todos los artilugios precisos para pasar la mañana en la playa... hasta que se llenase, momento en que nos retirábamos. Para encontrar este casi único sitio a la sombra huelga decir que se debía llegar muy a primera hora...
 

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