No conservaron la piscina del Voramar, aunque ahora (¡a buenas horas, mangas verdes!) la ensalzan como una gran pionera (1958: y recuerdo cuando la inauguraron…) de la modernidad, pero, por lo menos, se agradece el minimalismo empleado en el mirador público y minusculo auditorio que lo sustituye.
Aunque en pleno verano, a pleno sol, debe resultar sólo adecuado para asar cuerpos a la parrilla.
Estos peces grabados en el suelo son la única, escasa y casi invisible, decoración.
Bajada a una playita de piedras, aunque me temo sin coral que poder encontrar en ella.
Por lo demás, propios y extraños están asombrados del descenso brusco de visitantes. De la noche a la mañana parecen haber desaparecido. Y ahora sí se puede estar, por temperatura, humedad y afluencia, en L’Escala.





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