Caminando junto al lago desde Villa Mezli hasta el centro de Bellagio, la vista del pueblo, como todas las vistas de las poblaciones costeras del lago de Como, es magnifica. Nada destroza la visión de conjunto, algo que, al contrario de por aquí, también pasa con los centros de las ciudades italianas, que han sabido respetar su carácter, sin destruir y cambiar sus edificaciones.
Al acercarte, no obstante, te das cuenta de que estás llegando a un frente lacustre que poco tiene que ver con la estructura y composición de la población original. Grandes edificios de la época dorada de finales del siglo XIX te explican que estás en lo que se llamaba una “ciudad balnearia”. Un primer inmenso hotel medio en ruinas, aparentemente en restauración, te hace preguntarte si todo ese gran glamour pasó a la historia, pero desde luego, huellas, algunas muy vivas y sonoras, como ese “Hotel Splendide” o no digamos el “Gran Hotel Villa Serbelloni”, te hacen pensar que algo queda de todo aquello.
Era el día en que lo visitamos domingo y la placentera tranquilidad matutina fue tornándose en una agradable actividad por los cafés, para caer luego en una saturación de visitantes (que ya han transformado prácticamente todo el comercio de la población buscando el gusto de la ola masiva que lo invade) que te impulsaban a desaparecer lo más rápido posible.








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