Saint Jean-de-Luz produce, más que nada, agobio. Sobre todo yendo por esa calle comercial peatonal que alguna vez debió ser agradable.
Luego, fuera de horas, queda ver la playa (ahí fue donde vi por ver primera a una persona con un detector de metales buscando monedas o algún otro tesoro), las casas del elevado paseo junto a la playa y sus puentes de madera de entrada, un barco entrando en ese puerto interior, tan protegido…
La entrada al puerto
Para no variar, su iglesia sigue los cañones de la región.







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