lunes, 23 de septiembre de 2024

Irigoienea


Veinticinco años, que se dice pronto. Fue Esmeralda quien me dijo que había estado en un hotel rural de la Navarra más vasca, del que había regresado entusiasmada. Y ahí acudimos la familia entera a pasar una semana hace ya ese tiempo.
Irigoienea había sido la casona de los carabineros de la cercana frontera. Abandonada, medio en ruinas, le echó el ojo un joven empleado de banca de la zona -José Miguel- y su mujer Milagros, enfermera, para convertirla en el instrumento principal de su profundo cambio de vida.
Fuimos entonces, poco después de su apertura, con nuestras hijas. Su hija, más pequeña que las nuestras, se encariñó con un simpático y agradecido perro vagabundo que estuvo por ahí durante nuestra estancia. Cuando nos despedimos, les felicitamos por el aumento de la familia en un miembro más (el perro), pero él nos respondió que, pese a que dolería mucho a su hija, no se podían quedar con él: habría alterado el férreo plan económico que tenían trazado para poder vivir de otra manera, tras endeudarse e ir avanzando poco a poco.
Por las mañanas, al acudir al desayuno, servido en la terraza, se oía música gregoriana. Oí a otra cliente acudir a desayunar con muestras de satisfacción en su rostro. Le comunicó a José Manuel su extrañeza de que continuara habiendo monjes activos en el cercano monasterio. Él le tuvo que decir que el monasterio estaba despoblado desde la desamortización y que el canto con el que se había despertado procedía de discos que solía poner…
Tras nuestra estancia, comentamos el descubrimiento a todo nuestro alrededor. Mi hermana me dice haber tomado como base de vacaciones Irigoienea en dos ocasiones. O fueron, por ejemplo, innumerables los de nuestra empresa que pasaron por ahí, y a su vez expandieron la noticia.
Hemos regresado este mes de septiembre. Hace unos años cambió de manos la propiedad. Ahora la lleva un matrimonio internacional, que ha efectuado una serie de intervenciones, con vías de mejorar la rentabilidad, ofreciendo un servicio más profesional, pero la esencia sigue siendo la misma.
Michel, nuevo propietario, ha escarbado en diversos archivos y en el registro de la propiedad y ha escrito un folleto con la historia de Irigoienea, que puede consultarse mientras descansas en su salón. La casa se remonta al siglo XVIII y aunque creía que había sido la casa de carabineros durante la República, resulta que fue de la Guardia Civil. Nada que ver su experiencia, claro, con lo que se disfruta ahora.




El terreno del hotel rural llega hasta el río, a donde se puede bajar por un camino con unos bancos para tomar el fresco oyendo el rugir del agua circulando. Me dicen que en la canícula se llegan a meter en sus aguas.
 

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