El viaje que emprendí a Sant Feliu de Llobregat tenía un objetivo concreto, al que luego se añadiría todo lo demás: pescar y un tocho enorme en la boyante Biblioteca Montserrat Roig.
Tras una radical reforma efectuada, según me explicaron, hace dos años, ocupa todo un nuevo edificio de cuatro pisos, está muy bien servida y entra a formar parte de la magnífica flotilla de bibliotecas públicas que, como si de otro país se tratase, puede utilizarse con gran provecho, como si nada.
La estación de tren, vista desde la biblioteca.
Y la biblioteca, al otro lado de las vías, vista desde la estación.








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