Por aquí hablamos mucho de las riadas de final del verano. En el Maresme se las han visto y se las han deseado para encauzar y que no se salga de madre todo ese agua que en poco tiempo convierte un cauce seco -aprovechado muchas veces como paseo o parking- en un auténtico caudaloso y vertiginoso río marrón que arrastra de todo.
Con esa perspectiva, qué no deben ser las avenidas de zonas como la Quebrada de Hamauaca. Ésta es en muchos de sus trozos un pedregal polvoriento amplísimo, que debe recoger no solo el agua que cae por picos cercanos a los 5.000 metros, sino el producto de la enorme erosión de todas esas montañas, apenas sin vegetación.
Un puente que parece de quita y pon cruza el cauce del rio Grande, que más parece un yacimiento para la extracción de áridos, a la altura de Tilcara.
Voilà!



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