Creo que es el glaciar Upsala, al final del lago Argentino. Mientras el camarán se acerca vas viendo por estribor (para hablar en términos marineros con referencia a la embarcación que lleva a una porción de ávidos visitantes), en las montañas de ese margen, una serie de pequeños (por lo que se ve, que luego resulta que todo son lenguas del mismo, enorme) glaciares. Finalmente te topas con el paredón de irregular hielo, que inicialmente te dices que no es para tanto, hasta que ves a su lado a otro catamarán y comparas alturas.
Los barcos se acercan por turnos -son todos de la misma compañía, que debe tener la concesión- para poder gozar en relativa soledad de algún derribo de hielo. Cuando cae algo, aunque solo sean unas piedritas, el capitán se da por satisfecho, como con su deber cumplido, y emprende el regreso al puerto de partida, que ya no tendrá la emoción de la Ida.
Además se levanta un cierto biruji que te corta la cara, dándote a entender que eso puede ser más duro que la apacible excursión en barco por el lago que ha sido.





No hay comentarios:
Publicar un comentario