sábado, 23 de septiembre de 2017

Torre Simó (Tona)

Durante mi infancia era un gris caserón semi-abandonado que, en su verja posterior, tenía unos avellanos que daban unos frutos buenísimos. Aún hoy, cuando pruebo unas avellanas crudas, creo que estoy intentando acercarme a ese sabor inicial. Durante mucho tiempo fue un convento, y hace muy poco sus propietarios y gerentes actuales nos explicaron que sirvió para retener a gente no adicta al régimen durante la inmediata posguerra.
Es la "Torre Simón", el actual restaurante de postín de Tona. La casa ha recuperado el color y las alegrías que le infundió el Simón (de Montaner y Simón) que la mandó construir a principios de siglo, seguramente atraído -como su socio, Montaner- por la entonces pujante estación balnearia. Una brillantez que debió continuar hasta casi los años 60, cuando el atractivo estival de ese tipo de pueblos fue cayendo paulatinamente, siendo sustituido por el de los sitios de playa. Entre la Torre Simón y la Ferrería -una masía, antigua posada, convertida también en restaurante, en este caso por 1970- llegué aún a ver los restos de una bolera, otra moda que ya había desaparecido, pero la cosa desde luego habla de que por 1950 el poder de atracción era aún bien fuerte.
En ella se come ahora caro (aunque, como me invitaron, no debiera por discreción tocar este tema), pero la mar de bien.







 

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