Prohibido desde hace años el paseo -y alguna que otra mojada por ola rebelde asegurada- entre las rocas que conducía hasta la playa del camping (al norte), con la puerta del bar modernista que era lo único abierto de madrugada pintarrajeado de escandalosos colores, y con la tranquilidad de alguno de sus posibles paseos impedido por la invasión constante de gente que parece no tener otro ánimo que comer y comprar, una de las pocas cosas que me sigue trayendo las sensaciones de cuando iba a Colliure de joven sigue siendo el café de Les Templiers.
Ya en la época sabías que tenía mucho de impostura, con esos cuadros de baja calidad media (y no digamos los de la escalera y los pasillos que llevaban a las habitaciones) forrando todas sus paredes, haciendo "como si" el tiempo de los pintores que pusieron de moda la localidad siguiera ahí. Pero formaba parte de su encanto tanto como las conversaciones en alguna de sus mesas tomando una cerveza, o los improperios -siempre en catalán: era el único sitio en el que se oía hablar y te hablaban en ese idioma- del patrón.
Cuando paso ahora, como hace un mes enseñando en plan relámpago el pueblo a unos amigos, apenas si asomo la cabeza, quizás hago una foto de la barra en forma de barca (que no sale como quería debido a la precipitación), y me dirijo hacia otro lado, posiblemente el cine o, mejor, la pared en la que se anunciaban sus programas.



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