La plaza de la iglesia de Llabià. A la izquierda, o rodeando todo el edificio, se encuentra el cementerio.
Llabià tiene unos interesantes iglesia y caserío, unas hermosas vistas a los campos del antiguo Estany d'Ullastret, una granja con cabras, una buena casa rural y unas curiosas esculturas que invaden medio pueblo. Alguna cosa más, pero al menos estas tres últimas son de Josep Coll.
En otras visitas al pueblo hice fotos a esos hierros oxidados con forma de cactus, a esas tiras de forjado clavadas en la tierra que parecen juncos, o que presentan piedras como flores, a esas láminas metálicas que, expuestas al viento, producen extraños sonidos. Todos ellos colocados en la árida ladera de la colina del pueblo que da al sur, a veces ofreciendo un relieve más al contemplar la vista.
En la última ocasión en que estuve, un señor calvo, que salió de una masía cuando nosotros mirábamos lo que parecía ser el taller del escultor, nos preguntó si queríamos entrar. No era el taller, sino una especie de showroom, que se dice ahora, con buena parte de su obra expuesta. Dentro, Coll nos dejó ver y comentó complejas pero a la vez sencillas piezas que lograban, a modo de tentempié, un extraño equilibrio, jugando la relación de estirados hierros entre sí o entre la piedra y el hierro. También otras piezas que al moverse establecen juegos de sombras sobre la pared, y otras que provocan diálogos de transparencias con los cuadros de su hijo Francesc, muerto hace ya bastantes años.
Francesc está enterrado en el pequeño cementerio del recinto de la iglesia. La lápida de su sepultura está esculpida por su padre. Parece que, además, Josep Coll, aunque algo desencantado de la vida, sigue dedicándole toda su actividad.
La sepultura de Francesc.






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