Ayer hablaban por aquí de "Nuestra Señora de las Comunicaciones", diciendo que así llamó Trotsky a la sede de Correos de Madrid. A principios del s. XX pareció haber una carrera entre las ciudades para ver quién construía para ese servicio ciudadano un edificio más espectacular. Una enorme sala con claraboya, cierta estandarización por lo alto de sus elementos -como esas cabezas de leones para hacer de buzones- solían completar la imagen.
Pero lo público parece haber cedido paso definitivamente a lo privado. Este mismo año desaparecerá la obligatoriedad de instalación de las normalmente más modestas cabinas públicas telefónicas, pareciendo casi irreversible la conversión de cada individuo en centralita, de la misma forma que hace ya años -como señalaba Agustín García Calvo- nos convirtieron en chóferes, cuando habíamos sido todos, con el tren, sus bien servidos pasajeros.
Hace poco, otro amigo de por estos muros rechazó mi ofrecimiento de la sede de Correos de Barcelona para albergar su fundación artística. Pero algo habrá que hacer con las antiguas sedes de Correos de las grandes ciudades, hoy bastante despobladas y todas muy bien situadas en el centro de las poblaciones, donde empieza a parecer un crimen de lesa majestad no sacar un rendimiento económico progresivo al metro cuadrado de terreno.
Todo esto no era -ustedes perdonen- más que un texto para introducir las modestas fotos que saqué a principios de marzo en Valencia del edificio de su central de Correos, en plena plaza del Ayuntamiento, antes del Caudillo.








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