domingo, 2 de abril de 2017

50 años de la Librería Gil (Santander)

Florentina Soto, leyendo, en una antigua fotografía que puede verse en la Librería Gil al iniciar la subida hacia la planta superior, la de la mayoría de las actividades programadas y, sobre todo, el depósito de libros - muchos de editoriales independientes muy variadas- que hace un placer el ojear por aquí y por allá.


Florentina Soto era -creo que lo sigue siendo a sus 91 años- una voraz lectora, y de forma directa o indirecta consiguió traspasar esa afición a sus hijos. En 1967 hizo realidad un sueño lleno de ilusión: En Vargas, la calle comercial más cercana a su casa, inauguró una librería papelería con el apellido de su marido, Ángel Gil, quien se implicó plenamente en la gestión.
Hace poco me he enterado del cierre de la librería Cervantes. Formaba parte de una serie de librerías asociadas al nombre de su ciudad -en este caso a Salamanca-. Esa misma asociación/regla de tres por la que todo el mundo sabía en Barcelona que, si quería comprar una manta, debía ir a La Casa de las Mantas de la calle Junqueras. Pues bien. Me preguntaba yo hace muchos años, yendo por ahí, cuál sería "La librería" de Santander. La gente aventuraba en aquel entonces que "Estudio". Ésta era -y es- una gran librería, pero muy ortodoxa, poco dada a las aventuras que política o estéticamente se salieran un ápice de lo considerado oficialmente como bienpensante. En ese entorno, la Librería Gil, que fue creciendo, fue haciéndose un sitio para llegar a ser hoy el referente cultural abierto que es y que nadie en la ciudad (y fuera de ella) le discute.
Conozco a Paz Gil Soto -y a través de ella a toda su familia- desde que era una muchacha de 19 años, siempre sonriente. La recuerdo -y tengo fotos de entonces para atestiguarlo- en la cima de Peña Cabarga, recortándose sobre la bahía y sobre un fondo con el perfil de la ciudad, dando saltitos para combatir a un helado vendaval. También recuerdo haberle echado un pulso y mantener mínimamente el honor en una carrera por las playas de Liencres (me aproveché de que fue un corto sprint, y no una carrera de fondo, en las que ella era insuperable). También recordé ayer que descubrimos una vez que, por una casualidad astral de esas en las que no creo, habíamos estado viviendo cada uno una temporada diferente, pero exactamente en el mismo edificio de la calle Ibiza de Madrid...
Cuando iba a a Santander, en una época en que yo sólo sabía regalar discos y libros (ahora ni eso), le acababa llevando como regalo un libro, y veía que educadamente lo seguía agradeciendo, pese a que en su casa tenían una librería... Le he oído en una visita a Santander y en la siguiente, y el tiempo escurriéndose entre ellas, hablar nerviosa, con una caña y unas rabas por el medio, sobre cómo afrontar la informatización de la empresa familiar. Más adelante vivimos las dudas y final decisión (que luego se demostró un completo acierto) sobre la instalación de la librería de la Plaza Pombo. Por otro lado, hemos hecho hasta viajes juntos por algún lugar europeo. Y, de tanto en tanto, suena por casa el teléfono. Cuando no es ni una oferta de Jazztel, ni de Ono, ni de Vodafone, es Paz, que nos pregunta que cómo vamos, habla de sus preocupaciones del momento e, invariablemente, nos invita a ir a Santander.
Pues bien. Resulta que en esta ocasión le hemos dicho que sí, que íbamos a ir, y hemos ido. Básicamente, además de para verla y tomar unas cervezas, rabas y alguno de esos nuevos pinchos tan ricos que han ido saliendo por todo Santander (aunque luego ha resultado ser mucho más alimento y mucho más sabroso lo tomado), para acudir a la fiesta organizada por los hermanos Gil Soto para celebrar el cincuentenario de su librería. Fue el pasado viernes 31 de marzo, a las 19h.
Lo primero que detectamos al llegar fue una concentración enorme de invitados. No conozco a casi nadie del mundo cultural de Santander, pero me da la impresión de que debía estar por ahí un buen puñado de sus representantes, acompañados de lo mejor de la librería: una ingente cantidad de sus buenos lectores, o de asistentes a los actos que organizan. También se presentaron las autoridades de la cosa y, aunque la prensa local no lo señalaba, había hasta visitantes venidos expresamente desde el Extremo Oriente y desde más allá del extranjero, y eso lo sé de ciencia cierta. De gente del cine vi picoteando cosas a Enrique Bolado (director de la Filmoteca de Cantabria) y charlando a Paulino Viota (el mítico director de "Contactos" y extraordinario profesor en tantos seminarios y charlas fundamentales, de lo más descubridoras, sobre cine). Y, por seguir con los "ecos de sociedad" (unos ecos de sociedad desastrosos, porque el improvisado reportero no conoce a nadie del país) hasta me presentaron a un amigo del FB de quien admiro su forma de escribir, con artículos suyos llenos de ironía en eldiario.es y La Charca Literaria...
En la celebración -y eso, que duda cabe, ayuda a la concentración de gente-, sirvieron copas de vino, cositas curiosas de comer y una cerveza artesanal, en parte en barrica y en parte servida en botellas con una etiqueta elaborada especialmente para la ocasión recalcando "Marzo del 67". Parte de las cosas para comer se sirvieron desde una de esas bonitas y antiguas camionetas Citroen de chapa ranurada, que por una vez competía ventajosamente con la camioneta churrería que suele estar por la plaza y con el habitual hombre de los perritos calientes, que el día antes nos explicaron que se había enfadado un montón hace la tira de años, cuando le echaron de la Plaza Porticada para llevarlo a la de Pombo, donde desde entonces no ha faltado ni un solo día. Ya no quiere ni que le hablen de volver desde Pombo a la Porticada.
50 años de la Librería Gil de Santander, y en olor de multitudes. Hay veces, pese a todo lo que uno debe llegar a soportar, que una especie de justicia poética actúa, y muy bien.


Al llegar, gente casi taponando la entrada de la librería, y la camioneta Citroen acoplada a los porches de Pombo.

Bebercio.

Las fotos pequeñas de la exposición sobre librerías de escritores (Marchamalo), abierta coincidiendo con la celebración del centenario de la librería. Dedicaré otra entrada a la exposición.

Ya anochecido, en el exterior.

Las miniaturas expuestas en una vitrina, junto a unos retratos de escritores pintados por Damián Flores.

Como ejemplos de cosas curiosas que se pueden encontrar en la planta superior de la Librería Gil. Esta colección de relatos sobre deporte escritos por escritores muy buenos. Ya me he leído uno de ellos, muy divertido.

La mesa de novedades en literatura de viajes.

Sigue la literatura de viajes.

El plantel de jóvenes y simpáticos dependientes de la librería.

La fachada de la Librería Gil.

El follón al inicio de la celebración, en la planta baja de la librería.

Ya tarde, la gente se resiste a irse retirando.


La cerveza artesana "Marzo del 67", con la que se seguirá celebrando el cincuentenario.

Las producciones de cuentos infantiles.

En acabando la fiesta, la caja de la camioneta Citroen aún abierta.


"Los pequeños más grandes", reza el exhibidor.

Ya al día siguiente, sábado, delante de la librería. El mostrador enseña el cartel de los 50 años.

 

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