sábado, 28 de noviembre de 2015

Un café de París


Ésta podía haber acompañado a la entrada anterior. Junto a cada sitio significativo, un café con su nombre. Como recordaba el otro día Blanca, citando a Georges Steiner: "Si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de la idea de Europa".
Parece que Steiner lo decía sobre todo por contraposición con Estados Unidos, cuyo equivalente más genuino sería el bar, porque me comentan que hay cafés magníficos en Buenos Aires o Calcuta. También recuerdo siempre a Enric Majó hablándome de los ya tronados cafés de El Cairo, o yo mismo recuerdo lo bien que se estaba en los tolerantes cafés de Damasco o de la ahora dolorosamente destrozada Alepo, siempre con un grupillo -sólo de hombres, eso sí- en la mesa de al lado, dándole al narguile.
Una imagen típica de principios del s.XX podría ser la de un gran café europeo repleto de gente leyendo en los periódicos sobre los acontecimientos de la guerra o discutiendo sobre la misma. Hoy algunas voces -o sin voces- se alzarán en muchas ciudades para que no sea cien años después ese el tema de los periódicos y tertulias que van quedando en los pocos viejos cafés que por aquí van quedando: Al menos, que esa guerra NO se haga EN MI NOMBRE, por favor.

 

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