Hasta este fin de semana, en que me llevaron, no había puesto nunca los pies en Nuria. Seguramente por falta de fe y por aborrecimiento de los lugares turísticos y comerciales de masas. Ayer domingo, con un día espléndido, en un grupo nada estajoviano conducido por Miquel Sitjar, un lujo del que previamente habíamos disfrutado en Ribes de Freser, tuvimos la oportunidad de conocer el valle de Nuria, su historia y leyendas.
En los orígenes de la leyenda religiosa, San Gil, un ermitaño huido al valle desde el mundanal ruido, que dio tres símbolos al lugar: la cruz, la olla donde cocinaba la comida que repartía entre los pastores y la campana con la que llamaba a comer y rezar. Las tres habría enterrado, precisamente, junto a la talla de la virgen de Nuria descubierta muchos años más tarde.
Los tres símbolos aparecen en ese extraño artilugio donde una mujer coloca su cabeza y parece que vaya a ser guillotinada. Parece que aún es utilizado, y no sólo turísticamente. La mujer que quiere tener hijos coloca su cabeza en ese hueco -la olla-, el marido da tantos toques de campana como hijos desea tener la pareja y, al poco tiempo, aparece el primero de los retoños. Sitjar, siempre atento al detalle, explica que en origen la cosa funcionaba un pelo diferente: El ritual de las parejas peregrinas era el mismo, pero lo ejecutaban aquellas que, teniendo hijas, quisieran tener, ya de una vez, hijos varones.



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