Hay cosas realmente curiosas, tirando a ridículas, en el atractivo turístico de masas: su inercia una vez ya alcanzada una cierta velocidad de crucero en las visitas. Por cuestiones de edad he podido observar el fenómeno Barcelona. En los años 60 Barcelona no era en absoluto un destino turístico veraniego, sino una ciudad sucia, ruidosa y demasiado calurosa para siquiera pasar en ella un día si, por ejemplo, una familia había venido a parar a alguna playa de la Costa Brava. Era hasta difícil encontrar una guía turística dedicada y, de encontrarla, en ella se leía que era una ciudad que permitía que se le dispensase hasta dos o tres días, dados sus "grandes atractivos". En 1982 fue una de las sedes del campeonato mundial de fútbol, y eso la convirtió posteriormente en destino de jóvenes italianos -machos- que fueron incrementándose poco a poco. Pero fueron las Olimpiadas de diez años más tarde, sin duda, las que hicieron de reclamo para su visita, creando una curva exponencial por la que aún se está escalando. Luego ya el ayuntamiento le añadió ese leitmotiv de Gaudí y el modernismo como excusa cultural para la visita, pero inicialmente -y aún dura- el atractivo que se fue trasmitiendo fue el de una ciudad en fiesta continua de los placeres: tapas, sol, fiestas... que predicaron los que estuvieron por aquí durante la cita olímpica (yo me fui). Y ya han pasado casi 25 años de eso...
Hay muchos más ejemplos de ciudades que se suelen visitar masivamente... por un atractivo que hace mucho que pasó a la historia, y ahora ya es sólo una fijación artificial que anquilosa la ciudad, empeñada en reproducirlo. Por ahí circulan también las modas vintage, pero no hay que pensar más que, por ejemplo, buena parte de los visitantes de París van aún hoy en día, un siglo después, en busca del Paris de la Belle Epoque...
Siguiendo esta tonta costumbre turística, un amigo y yo nos personamos en los años 70 en Pont-Aven, y está clarísimo que no lo habríamos hecho si Paul Gauguin no hubiera plantado ahí en su día sus reales. Fuimos también, hambrientos y convencidos que era mejor gastar un poco más, pero salir por una vez satisfechos, para cenar en un restaurante que anunciaba la guía Michelín, ubicado en el molino que aparece a la izquierda en esta foto que saqué en el mes de mayo pasado, puestos a emular los hechos (sin cena por el medio, ¡ay!).
No sé cómo será ahora el restaurante del molino. En su entrada anuncia con un cartel muy página seriada, con imágenes, que han ampliado la carta con una serie de platos orientales, lo que me hace sospechar. Lo que sí sé es que han aparecido otros restaurantes que se llaman también "Le Moulin de..." Y que Pont-Aven está durante el día llena de grupos que van a moverse por la orilla de todo el recorrido del agua, lleno de tiendas que venden galletas con imágenes evocadoras del "Grupo de pintores de Pont-Aven"...
Como ya demasiadas veces, para decir una tontería me he alargado un montón.

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