miércoles, 5 de diciembre de 2012

Celda de las emparedadas (Astorga)

Llegamos a la ciudad. En Astorga, imposible no reparar (si antes alguien te lo dice) en la celda de las emparedadas...

Ahí está la celda. Con inscripción atemorizadora para paseantes pecadores y reja que permitía pasar comida a las encerradas ahí, penando, de por vida.

Retrocediendo un poco se entiende mejor: en ese pequeño hueco entre iglesias se emparedaban beatas que querían dedicar el resto de sus vidas a la oración sacrificada. Por esta ventanuca podían recibir alimentos, y parece que por el otro lado, otra ventanuca les permitía estar en contacto visual con el interior de la iglesia vecina.

Los feligreses salen de misa en la Iglesia de Santa Marta y se dirigen hacia sus casas.

En su camino, pasan junto a la celda de las emparedadas, sin que el corazón les de un vuelco, pensando que alguien se encerró en vida, ahí, un día...

Los que han asistido a la misa en Santa Marta y permanecido en ella hasta la desaparición del último título de crédito, se despiden en la puerta de la iglesia. Anochece.
 

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