La excursión a la pista de saltos de esquí, popular desde finales del siglo XIX y que se hizo un nombre en todo el mundo mediante su protagonismo en las Olimpiadas de Invierno de 1952, está recetada en todas las guías de Oslo desde hace mucho tiempo, y la verdad es que si hace buen tiempo, merece la pena. El que el metro llegue ahora hasta ahí facilita las cosas.
Una remesa de pasajeros del metro han superado la cuestecilla -buf- desde la estación y llegan a ver bien el típico perfil del trampolín.
Como después en el museo Fran, Hansen es aquí un personaje habitual.
Estuvimos a punto de irnos sin ver más vistas que las que se aprecian desde la base, porque no veíamos por ningún lado por dónde se subía -si es que se subía- y habría sido un error. Hay que entrar quieras o no en el museo del esquí, y desde dentro se accede a la parte superior del trampolín, donde las vistas son espectaculares.
Se llega a esta plataforma cubierta...
desde donde se aprecia la continuación del metro, que sirve a todos estos chalets desperdigados.
Al asomarse y pensarlo un poco, impresiona.
La gente no debe saber lo mal que lo pasamos los que tenemos vértigo. Aunque la foto está enfocada a estas temerarias, se puede apreciar la extensión de la Oslo dispersa y la pequeña concentración de casas al final del fiordo y, con un poco de laboriosidad, el edificio del ayuntamiento.
En la plataforma exterior. Parece una pareja del éste.
Nuestro compañero de FB.
De un enorme libraco a él dedicado.
Me hace gracia este señor uniformado, tan ridículo pero puesto en su curioso pedestal.











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