domingo, 12 de octubre de 2025

Novara

Hay ciudades que las circunstancias te las hacen caer antipáticas, y es lo que me pasó con Novara. Dio la mala pata de que coincidiéramos con una fiesta multitudinaria en su centro, lo que entorpeció hasta el absurdo primero acercarse y luego dar un paseo para conocer sus dos o tres atractivos más evidentes.
La masa de gente, atraída por unas concentraciones vociferantes con ensordecedoras llamadas y exclamaciones en altavoz a todo trapo, convertía el intento de alcanzar sus puntos neurálgicos en un suplicio.
Con colas de coches en los parkings céntricos para depositar masas de gente adicionales tuvimos que ir a aparcar, dando varias vueltas, en las quimbambas. Cuando llegamos a la calle peatonal que nos llevaba hasta la catedral, por ella aún se podía circular bien. Pero luego se fue densificando, había misa en la nave central de su catedral y junto al museo y en la plaza de más allá, el colapso, con un sol abrasador, lo dominaba todo. Mala suerte, pues ya se me ha quedado la herida asociada.





Tengo a los niños de hoy en día por unos consentidos dictadores. Sus padres hacen lo que sea por mantenerlos entretenidos y darles satisfacción.

La planta alta del edificio de las galerías contiene el museo de pintura de la ciudad, por suerte desierto, en contraste con la aglomeración reinante.
 

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