La doble página de “Tinta libre” de octubre, con el artículo de Paz Gil sobre su librería.
Me enorgullezco de ser amigo, desde hace muchos, muchos años, de Paz Gil, quien lleva con sus hermanos, heredada de su madre, la librería de referencia de Santander.
Yo, sabiendo un poco de donde salen, no le doy mucho juego a todo eso de los premios, y ella me parece que, pasada la emoción inicial, tras premios a su librería de todos los colores (un año les concedieron el premio a la mejor librería cultural de toda España) también está ya en ese estadio.
El galardón en cuestión es el Premio Boixareu Ginesta a la librería del año, que concede la Federación de Gremios de Editores de España. Me tuvo que explicar las razones de su emoción, que luego incluyó en su discurso de aceptación y en este artículo que ha escrito para la revista “Tinta Libre” de este mes de octubre. Nada tiene que ver con la relación de librerías que lo han obtenido anteriormente, aunque al ver cuáles fueron algunas de ellas, también valdría como motivo. Se ve que desde hace mucho tiempo vio que coordinaba un montón con las ideas que expresaba un personaje con un apellido que aún le cuesta un montón pronunciar, Josep María Boixareu Ginesta (supongo que las debió leer en un librito que he visto escribió y que ahora ya está descatalogado, “La lectura. El librero”), para que el futuro de las librerías estuviera bien despejado, esto es:
-“El precio fijo del libro”. Está claro que el actual milagro de las librerías de Barcelona, por ejemplo, haría tiempo que se hubiera acabado sin la obligación existente de que el precio del libro ha de ser el mismo en todas las librerías del país. De no ser así, las grandes cadenas habrían hecho el habitual ejercicio de dumping, y ¡adiós librerías independientes! Francia, como pasa también en el caso del cine, es el gran defensor de este punto, mientras que otros países europeos, como Gran Bretaña, no lo conservan, y así les va.
-“La librería como un centro de cultura que trasciende el espacio meramente comercial”. Ahora éste es también un factor asociado a toda buena librería, pero este proceder es bastante reciente. Desde que tiene un espacio adecuado para ello, la Librería Gil es un centro de actividades culturales de los más potentes de Santander. Casi cada día hay ahí una presentación de libro, una conferencia, una mesa redonda, etc. Hasta demasiadas.
-“La profesionalización del oficio a través de una formación reglada”. Entiendo lo que quiere decir Paz con esto. Para ser un buen librero no basta con ser un buen aficionado a la lectura. Se necesitan, aparte de buenos brazos para mover, abrir y cerrar cajas, ciertas dotes de gestión, contabilidad, sentido mercantil, sociología, psicología, relaciones públicas y picardía y, si no se cuenta con ello, el desastre está asegurado. Recuerdo que cada vez que veía a Paz estaba envuelta en unas dudas dramáticas sobre cómo lograr la informatización de la librería, por ejemplo, cuando no tenía ni idea de todo eso de la informática, que justo empezaba de verdad. De todas formas, eso comprendido, ya le dije que este punto, si se cumpliera -que no es el caso, y así llegan jóvenes inocentes a cumplir su sueño de poner en marcha una librería con nada más que buena voluntad, yendo generalmente raudos al fracaso- puede llevar al otro extremo, igualmente dañino: que salgan de esas escuelas -oficiales o no- aspirantes a libreros como churros, cortados por el mismo patrón, a cubrir normas y eslóganes, sin iniciativas al margen de lo estipulado, y se pierda el alma que han insuflado en sus librerías gente como la misma Paz.
Bueno, pues, resumiendo: que me enorgullezco, como dicho, de la amistad de Paz, de su premio y todo lo demás que ha conseguido a base de esfuerzos mil hasta el momento, que quién lo hubiera pensado en un buen principio. Y que le deseo que, tras digerir todas esas alabanzas desmedidas que han divulgado por todos lados las distribuidoras de noticias, pueda tranquilizar un poco su ánimo, siempre inquieto, y ya no le atormente pensar qué será de la librería a partir de que se jubile.
Cuando pusieron en la escalera que sube al piso de arriba -el bueno- de la librería este retrato de su madre que le hizo hace mucho tiempo su padre, le hice esta foto.
Otra foto que hice una vez, ya oscurecido, de la fachada de la Librería Gil, en la Plaza Pombo de Santander.
En otra ocasión llegamos el día en que Jorge Edwards iba a estar por la tarde en la librería. Por la mañana lo vimos curiosear con detalle todos los escaparates, saqué la tableta y tire, un poco tarde, esta foto.
Detalle de una parte del piso superior de la librería. Exhibe cantidad de libros de editoriales independientes.





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