El Enoden… antes de abarrotarse de turistas.
Esa del fondo es Enoshima, unida por un puente a Honshu. El paisaje costero también decepciona. Por este lado, aparcamientos, por el otro, edificios altos y malos, levantados sin planificación adecuada.
El puente que lleva a la isla. Un mozalbete hortera occidentalizado lo atravesaba una y otra vez a toda potencia de motor en un coche deportivo.
La pifié con Enoshima. Vi una fotografía y me hice una idea previa idílica sobre ella: una isla unida por un puente, a la que te podías acercar desde Kamakura en el Enoden, un trenecito adorable, permitiéndonos ver una zona de veraneo. Hasta supe que en alguna película de Ozu o algún otro cineasta japonés de culto se hablaba de ella.
Por su parte, la callecita central de la isla que te acerca a las escaleras (normales y automáticas de pago) para subir hasta los templos y la torre-mirador resultaba, con sus tiendas de souvenirs y, sobre todo, porquerías de todo tipo que ingieren a mogollón los visitantes, agobiante.
Decidimos dejar pasar el tiempo yendo hasta el faro, a ver si se marchaba toda esa masa de gente que había llegado hasta allá, pero una niebla espesa hizo que no se viera tres en un burro y no pudiéramos captar el esperado atardecer por el monte Fuji.
Para más INRI, todos los edificios que se han hecho antes del puente, en (relativa) tierra firme, son altos y anodinos, dignos de una zona turística devaluada española.
Ya habiendo subido un poco. Abajo, la calleja comercial, la gente ya casi desaparecida.
A la derecha, el mirador de la colina. Por ahí debería verse -pero nada- el Fujiyama.
Bye, Enoshima.







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