Uno de los atractivos de Hastings (al menos para mí, porque me gustan doblemente, como ingenio y por las vistas que proporcionan) son sus funiculares.
El funcionamiento del del oeste me encantó: fuimos cuando abrió y pregunté por su frecuencia de viajes. El chico de la taquilla contestó que “a petición”.
-¿Así podríamos subir ahora sin esperar a nadie?
-Así es.
-Y cuando, estando arriba, queramos ya bajar, no tenemos que esperar a las horas, las medias horas o a que se llene la capacidad del vagón?
-No, no. Se lo dicen al chico que hay ahí y ya está, bajan inmediatamente.
¡Eso es un servicio!
Arriba, por cierto, hay unas vistas de la ciudad antigua muy interesantes, un parque espacioso… y un barrio ciudadano al que acceden autobuses urbanos de dos pisos y todo.







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