Binéfar, cuya estación de ferrocarril presenté por aquí a punto de perder radicalmente su significado, tiene uno de esos centros históricos abandonados por sus residentes, con lo que, de encontrarte en él con alguien, pues es con subsaharianos venidos a mantener sus explotaciones agrarias e industrias.
En la plaza de la iglesia, con pavimento y mobiliario urbano nuevo, a parte de descubrir una funeraria con vecinos amantes de la vexilología, nos instruimos sobre las “cías” que poblaban su subsuelo.
Caminando unos pasos, resultaba que ya salíamos al arrabal. Retrocedimos un poco para recorrer entonces la calle que, por dentro, seguía la primitiva muralla, con el edificio más notable de la población, de estilo “aragonés”, justo cuando desemboca en otra plaza que debió ser también principal, y que dejo para mostrar aquí en otro momento.





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