Salvatore Marino, presentando a Gemma Teresa Colesanti, antes de la última conferencia del ciclo de este año.
Recreación de la primera Nápoles (a la derecha) y su desplazamiento al emplazamiento y estructura (con sus de imanes y cardos) actual, sobre el que fue creciendo en altura, capa a capa (aún visibles en varios sitios).
Imagen de la Biblia de Lovaina de 1629 con las tres reinas mencionadas, representación de la genealogía de los angevinos de Nápoles.
Clausura ayer -¡snif, snif!- del ciclo actual sobre ciudades italianas en el Istituto Italiano di Cultura por todo lo alto, pues iba dedicado a una de las ciudades más fascinantes.
“Nápoles, ciudad de las reinas”, la conferencia de Gemma Teresa Colesanti, nos hizo salir a todos con unas ganas enormes de volver a visitar, con más y mejores argumentos que nunca, la ciudad.
Se concentró la conferenciante en señalar el impresionante papel de tres reinas en la construcción de conventos que contribuyeron a vestir a Nápoles como capital de los Anjou. Las dos primeras, María de Hungría y Sancha de Mallorca, fueron reinas consortes, pero actuaron en muchas ocasiones, en las ausencias del rey (Carlos II y Roberto I) como reinas vicarias. La tercera, Juana I, fue ella misma reina directamente. Las tres aparecen en las tres franjas, en orden cronológico, de una preciosa miniatura de una biblia de 1340 que hoy puede verse en Lovaina y que nos enseñó y detalló.
A la iniciativa de Maria de Hungría le atribuye Colesanti obras como San Lorenzo Maggiore (donde residió Petrarca y desde donde escribió alguna de sus cartas), San Domenico Maggiore o la reconstrucción -tras un terrible terremoto en la última década del s.XIII- del Convento de Donnaregina (con el extraordinario coro de las monjas, repleto de frescos y donde situó ella su propio sepulcro).
A la de Sancha de Mallorca el convento de Santa Chiara o el de Santa Croce di Palazzo, un convento que ya no existe, pero que albergaba una especie de ‘“Última cena” en la que Jesucristo y los apóstoles fueron sustituidos por ella misma y otras mujeres. ¡A ver qué jugada de cualquier grupo feminista actual lo supera!
Por su parte, a Giovanna I se deberían la finalización de San Martino, la Chiessa dell Inconorata o el inicio de S. Giovanni a Carbonara.
Antes, para abrir boca, nos ilustró con imágenes sobre la evolución de Nápoles en la edad antigua, hasta la ubicación de la “Nueva Ciudad” (de ahí su nombre: Neápolis) en su lugar y estructura actual. 2500 años que pueden verse aún hoy en día señalando sus diversas épocas por estratos.
Una ciudad en la que más de su mitad pasó a estar ocupada a final de la Edad Media por monasterios, la mayoría femeninos. Con estudios universitarios equiparables a los de Bolonia, salvo que la de Bolonia era la Universidad del papado mientras que en Nápoles se trataba de universidad pública.
Fue después de esta introducción cuando, sobre detalles de la impresionante “pianta di Alessandro Baratta” de 1629 fue explicando cada uno de los monasterios en los que intervinieron nuestras reinas.
Habrá que volver -con viaje o sin él a alguna poco explorada ciudad italiana- el año que viene. Aunque sea para que Salvatore Marino, coordinador del ciclo, nos explique el chiste con el que clausuró el curso, poniéndonos dientes largos diciendo que fue Alfonso el Magnánimo el que primero dijo esa famosa frase de “Me voy a por tabaco”.
Olesanti, con sus colegas, ha hecho el trabajo de “rebanar” todos los edificios con los que se vistió Nápoles para ser la capital del reino de las dos Sicilias y luego Nápoles, enmarcándolos en el original abajo.
San Lorenzo Maggiore, con sus dos columnas antiguas reaprovechadas de su fachada.
San Lorenzo Maggiore
Y su impresionante interior.
Los frescos del Coro de las Monjas del Convento de Donnaregina.
El precioso sepulcro que se hizo construir María d’Ungheria.
La sorprendente última cena
La Certosa de San Martino, dominando la ciudad.
Más del 50% de la superficie entre murallas, de monasterios.












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