Me recuerdo conduciendo el Seat 600 que heredé de mi madre (tras haberlo conducido antes mi hermana) con Martí Rom y Julio Pérez Perucha, a quien llevábamos a Terrassa para pasar un día con Antoni Padrós.
Perucha iba cargado de su sarcasmo habitual, que le impelía a lanzar dardos envenenados de vez en cuando. Así, al recogerlo en el Paseo de Gracia, pasamos junto al Fantasio o al Fémina, donde sus grandes carteles anunciaban que estaba de estreno “Verano del 42”, de Robert Mulligan:
-No sé qué hacemos yendo por esos andurriales, si ya tenemos aquí películas como ésta, que son las que debemos fomentar y a las que rendir pleitesía -soltó bien burlón, mirándonos en profundidad, como para descubrir que, en efecto, habíamos cometido el pecado de ir a verla.
Pero cuando nos pescó de lleno fue, a mitad trayecto, cuando vio que casi pasábamos de la existencia de las iglesias románicas de Terrassa. Ahí ya no fue ironía, sino directamente desprecio.
-¿Cómo puede ser? Y seguro que en cambio os habéis matado para ir al extranjero a ver cantidad de cosas, teniendo aquí al lado una de las mayores maravillas del arte medieval...
Cuando nos estuvo tanteando sobre qué había en Terrassa que hacía la visita imprescindible aún salí airoso, porque mi padre era muy de ir a visitar sitios con la familia y habíamos ido varias veces al conjunto ese de Sant Pere y las otras dos, pero recuerdo esas salidas como una obligación aburridisima, sin dejar más huella que la de “unas piedras antiguas”.
Ahora el conjunto está muy bien restaurado, realzadas sus pinturas y soy yo el que pregunto a la gente, con cierta impertinencia, si no ha estado nunca...
Los retablos de Jaume Huguet y demás ya los colgué por aquí, por lo que no pongo sus fotos, que ya va bien cargada la entrada.











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