Quizás -¿quién sabe?- vivir en La Cañada de Benatanduz, ese pueblo que tanto nos impresionó, pueda ser para sus habitantes cómo estar en un confinamiento continuo, sin fin. De la misma forma que para nosotros, visitantes por unas horas, nos supuso todo lo contrario: sentir cómo de amplias pueden hacerse las perspectivas.
El coche está aparcado en la plaza cívica, que dirían los italianos, del pueblo, de la que ya colgué fotos. Iglesia, Ayuntamiento, Concejo con arcos...
Calles que acaban en la cañada.
La Unión Europea ha subvencionado un mirador y el camino hacia él. Deducimos que para acogerse a las dos condiciones de la subvención, debía acogerse al servicio de personas con minusválidas (todo tipo de letreros tenían leyenda en braille e incluso así era un mapa de orientación) y utilizar las nuevas tecnologías (todo códigos QR, aunque no sé muy bien por qué no me funcionaron).
La cañada desde el mirador.
En sentido inverso, la casa en ruinas miraba al lado más amplio de la cañada, a la cercana ermita y a la carretera de llegada desde el sur.






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