domingo, 27 de septiembre de 2020

Sant Mateu


Durante los viajes debo segregar, debido al ansia por descubrir nuevas cosas, alguna substancia que me hace olvidarme de las limitaciones de mi cuerpo, ya decididamente senil. El efecto desaparece, desgraciadamente, tan pronto como se produce el regreso, y a partir de entonces empieza un penoso periodo de recuperación, que dura lo suyo.
Así, anoche me desperté, notando brutalmente la fuerza de la gravedad, ante una imagen congelada en el monitor de televisión. Era del final de una película de Satyajit Ray, que me propuse y empecé a ver (no me gustaba especialmente, salvo en reducidos momentos, y forzaba la atención para ver si éstos se alargaban).
Durante el periodo de recuperación me dedicaré a vivir de prestado del pequeño viajecillo al Maestrazgo de esta semana e iré colgando por aquí algunas imágenes que complementen las que ya he ido poniendo, para ver si trasmiten alguna de las sensaciones atesoradas. La principal de las cuales es que aún pueden captarse, en general ya hechas unos zorros, las huellas de unas formas de vida que mayoritariamente se fueron. Y eso da para una recurrente pregunta: qué hacer para que sigan ahí, en buenas condiciones, sin tergiversarse ni adulterarse.
Nuestro primer destino fue Sant Mateu, antigua capital del Maestrat valenciano. Llegando a la población caímos en que era precisamente el día de San Mateo y que a lo mejor -a lo peor, rápidamente dije yo, siempre negativo ante las perspectivas- era fiesta.
Una valla al llegar confirmaba los temores. No se podía pasar más allá, porque eran las fiestas de la localidad, en celebración de su patrón. No sólo entraba en peligro ver Sant Mateu con el ajetreo laboral, de gran capital de comarca, que me había montado en la cabeza, sino que estaba en peligro, ante la segura afluencia de visitantes, nuestra propia comida, prevista en la fonda de la plaza para después de haber visitado lo más remarcable del sitio...
Dos cosas llegaron en nuestra ayuda, las dos, se mire como se mire, negativas: por un lado la alarma desatada por el coronavirus, que en este caso hizo que las fiestas de la localidad fueran un pálido reflejo de lo que deben ser habitualmente, alejando la concentración de masas de curiosos. Por otro, algo de lo que en el fondo, egoístas radicales que somos, disfrutamos durante todo el viaje (a la vez que de la ausencia de hordas turísticas), el silencio y tranquilidad, resultado, ¡ay!, del profundo abandono de la región.
Como nos comentó el camarero de la fonda -donde pudimos comer finalmente, tras veloz reserva, posiblemente innecesaria-, lo que habitualmente es una nutrida procesión, que lleva de la iglesia, una vez finalizada la solemne misa, al ayuntamiento, otras veces pasando por todo el pueblo, en esta ocasión directamente, se vio reducida a la mínima expresión: el concejo municipal en pleno, con dos pobres provistos de disfraz y maza delante y cerrado por la alcaldesa, vara de mando en mano.
El reportero Tribulete estuvo ahí intentando hacer lo que buenamente pudo. Como se verá, entre la comitiva había también un fotógrafo oficial. Yo diría que mi presencia tableta en mano como visión alternativa hasta fue bien recibida, pese a lo cual no llegué a tiempo de recoger la toma de la foto solemne, de todo el concejo, firmes delante del ayuntamiento. Alguien me vio cuando ya estaban rompiendo la formación y parte de ellos habían entrado en el edificio. Les voceó que llegaba ese periodista que había estado merodeando por ahí, que esperasen. Hubo un momento de tensa espera, pero mi tableta no dio el pego, fue despreciada por uno de ellos y la disgregación fue completa. Una lástima.





Testigo de un fracaso: ya todo pasado, sin la foto oficial de broche.
 

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