Hace dos años, en un viaje por Málaga, Ronda y los pueblos de la Sierra de Grazalema, pasamos por Gibraltar. Desde hacía mucho tiempo teníamos ganas de visitar ese país que, sin duda, debía estar lleno de rarezas británicas incrustadas en Andalucía.
Nuestra decepción fue enorme. Creíamos que, aún invadida por curiosos como nosotros, habría sabido mantener su carácter con bastante clase. Nada de eso. El paseo por su larga calle comercial resulta una experiencia de las más bochornosas. Faltos de tiempo, viendo que logística y económicamente podía resultar penoso si cabía en el horario del que disponíamos, no subimos al peñón, no vimos los famosos monos ni las vistas de las que disfrutan. Nos dedicamos, eso sí, como dije el oro día que suele hacerse, a recorrer todo aquello que pensábamos podía reafirmar nuestra idea previa del enclave del peñón. Vimos su museo, con piezas curiosas, las sedes de antiguas sociedades, ruinas abandonadas de antiguos bastiones, el cementerio histórico, etc.
Algunas de las fotos de esos lugares, de esa laboriosa búsqueda, si bien estropeadas por fallos y suciedad en el objetivo de esta tableta desde la que ahora escribo, creo que tienen su interés y miraré de colgarlas por aquí. Pero si he de escoger algunas que hablan de ese exotismo buscado, pese a su bajísima calidad técnica me quedo, sin duda, con las que hice a fotografías colgadas en el edificio del paso fronterizo, antes de cruzar la pista del famoso aeropuerto. Hablan muy bien, me parece, del contraste que había entre dos mundos. Ahí van.







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