Mis abuelos vivían en un piso de la calle Valencia, enfrente del Mercado de la Concepción. Era habitual que mis padres -como nosotros hicimos de forma parecida con nuestras hijas- nos depositarán ahí los domingos, mientras ellos iban a pasear, luego al cine o a hacer vete a saber qué. El domingo estaba cerrado el mercado, pero desde la tribuna del comedor se apreciaba actividad en un puesto exterior, de su cabecera. Era Flores Navarro.
Flores Navarro fue creciendo. Cuando ya no vivían mis abuelos trasladó su principal punto de venta a un amplio local de la misma calle Valencia, pero más cercano al Paseo de Gracia. Es hoy en día una de esas tiendas de la agenda de imprescindibles de Barcelona, como el Servicio Estación o en su momento fueron La Casa de las Mantas o Vinçon. No es que practique mucho, la verdad, eso del regalo de plantas o flores, pero hasta yo he gozado de ese horario ininterrumpido de todos los días del año que tienen. Si necesitas a cualquier hora, por un compromiso, un ramo o una maceta, ahí están.
Todo imperio tiene su backstage. Para los países europeos de la primera mitad del s. XX lo eran sus colonias, de donde obtenían buena parte de sus bienes. Yo no había visto nunca los terrenos del imperio Navarro por el Maresme, hasta que el sábado acompañamos a una hija que, vete a saber por qué razón, se ha dejado arrastrar por la extraña costumbre de colocar un árbol en su casa cuando se acerca la Navidad. Me repatea la costumbre y sus resultados, pero rápidamente vencí mis reticencias con el acicate de ver sus instalaciones.
Cabe decir que no las vi como debiera. A las seis de la tarde ya es ahora noche cerrada. Los puntos de venta cubiertos (¡no sólo de plantas, sino de una amplia gama de objetos de todo tipo, en su mayoría horrorosos, dispuestos a invadir cuantos metros cuadrados de piso se les ofrezcan!) estaban muy vacíos, con una luz que los hacía más fantasmales, y no pude ni atisbar sus campos de cultivo. Pude, eso sí, comprobar su enorme extensión, porque luego me perdí de lo lindo por estaré la maraña de carreteras que los cruzan y circundan, en busca de la autopista.
Mi hija se llevó un arbolito de Navidad algo escacharrado, para que bajase su precio, que un tío muy interesante que deambulaba por ahí le supo encasquetar diciéndole que le pusiera debajo un plato con agua y que a lo mejor entonces le podía vivir después de las fiestas, pero que si se moría, pues que entonces ya no.








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