La plaza de Sant Martí d'Empuries bulle en verano hasta lo imposible. Te acercas ahora y ha sufrido una benéfica transformación. Siguen las terrazas de los cuatro restaurantes copando el espacio, pero no hay gente paseando arriba y abajo, esperando un sitio donde cenar. La gente parece haberse educado de repente y reina la tranquilidad. "Así sí", comento, y por fin tengo la sensación de disfrutar realmente de la ocasión. Perfecto.
Lo que no pasa ni en temporada parece, no obstante, venir a acabar con ese insólito momento. Un hombre de unos cincuenta años, con aire de haber recorrido en su vida largos caminos, está colocado en medio del pasillo central que las terrazas dejan libres, y parece preparar un instrumento con toda prosopopeya. Nos tememos lo peor, y estamos dispuestos a tachar ya definitivamente el sitio, aunque sepa mal abandonar la costumbre del paseo hasta ahí. No obstante, empiezan a sonar unas notas de guitarra, y están francamente bien. No sólo no destroza el momento, sino que lo refuerza. Incluso cuando deja las piezas sólo instrumentales y arranca a cantar.
Cuando dejamos atrás la plaza la luna decreciente pero casi llena y los pinos de la explanada junto a la Casa de los Ingenieros recortándose sobre su luz te hacen por un momento creer que estás en los mares del Sur de la leyenda.



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