Podría ser la valla de Las Aventuras de Tom Sawyer, o del parterre de un patio de atrás, pero es nada menos que la entrada, algo misteriosa, del cementerio inglés de Funchal, en Madeira.
Se puede acceder libremente, pero se ha de llamar y pasar por una casa hasta dar con esta salida. Ya dentro del recinto, se aprecia que el presupuesto disponible no llega para el costoso mantenimiento del conjunto.
Más allá, una valla en estado mírame y no me toques supone prácticamente el límite del casco antiguo de la ciudad. El ruido del tráfico exterior, de una calle de circunvalación, la afeita continuamente y la sobrevuelan los pisos de casas postmodernas, que dan la impresión de que un año de estos se comerán esta débil barrera que ha detenido su avance.

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